XXV AÑOS DE BARCELONA'92

La 'bomba de agua' López-Zubero, primer oro de la natación olímpica española

El 28 de julio de 1992, Martín López-Zubero inscribió su nombre en la historia del deporte español al vencer en la final olímpica de 200 espalda. Así lo narró en el libro "Españoles de oro".

“Cuanto más trabajo y sudo, más suerte tengo”. Martín López-Zubero siempre tuvo presente esta máxima que durante años repitió machaconamente su padre. Una máxima de vida nacida de la idiosincrasia que abrazó José Luis López-Zubero cuando decidió irse a vivir a Estados Unidos. Allí se casó y allí montó una clínica oftalmológica. Pero el doctor López-Zubero siempre pensó que el mundo no acababa en aquel país, y que la práctica del deporte -en concreto, de la natación- permitiría a sus hijos abrir las mentes a otros horizontes. Así ocurrió con su hijo David, primer medallista en la historia de la natación española, y así ocurrió con su hija Julia, campeona de España. Martín, el pequeño de los tres hermanos, no podía ser menos.

Cuando nació Martín (Jacksonville, Florida, 23 de abril de 1969), el nadador alemán Roland Matthes estaba en su plenitud deportiva. Batía los récords de 200 metros espalda que él mismo establecía y se convertía en uno de los mejores nadadores de la historia. Martín comenzó a nadar al poco de aprender a caminar. Con once años vio cómo su hermano David lograba la medalla de bronce en los 100 metros mariposa en Moscú. Aquel éxito le animó. Quería ser campeón olímpico. En The Bolles School adquirió una mentalidad competitiva que mantuvo siempre, fuese un campeonato escolar o unos Juegos: «De pequeño no tenia fuerza suficiente para estar a alto nivel. Mi entrenador en la high school me apartó de la prueba de relevos y colocó a uno que venía de básket y no había nadado, solo porque era más fuerte que yo. No lo entendí, yo quería cambiar de club e incluso dejar el deporte, y lo que hizo mi entrenador fue ponerme a entrenar aún más fuerte para conseguir entrar en el relevo al año siguiente».

Con dieciocho años debutó en competición internacional en el Europeo de Estrasburgo, aunque su primera gran prueba de fuego fueron los Juegos de Seúl, donde se clasificó tercero en la final B de los 200 metros espalda. En los cuatro años posteriores, con el espíritu atrevido de los jóvenes sobradamente preparados, logrará alcanzar la veteranía del más consumado de los nadadores.

Durante su época universitaria destacó mucho. Vivió un tiempo en los apartamentos para deportistas de élite en Gainesville, donde compaginaba sus estudios de historia de los Estados Unidos con la natación: «Tenía dos preparadores, cuyo trabajo fue muy completo y muy útil: Randy Reese, muy disciplinante, que me enseñó el valor de los entrenamientos dentro y fuera del agua, y mi hermano David, más humanista; me gustaba tanto la preparación como la competición». David era además su referente de respeto. Con su ayuda, y a base de muy variados estímulos, logró sobrellevar la monotonía de los entrenamientos de élite, uno de cuyos peores enemigos suele ser la fatiga mental. Además, se esforzó en el trabajo técnico para mejorar la reacción en las salidas y los virajes y para perfeccionar la espalda submarina, ya que la reglamentación de la FINA permitía en aquel momento nadar veinticinco metros bajo el agua: «Empecé a practicar la espalda submarina después de Seúl, con el fin de batir el récord del mundo».

Las derrotas suelen tener una utilidad, son lecciones necesarias para encarar mejor las competiciones importantes. Sin embargo, Martín no conoció la derrota en los meses anteriores a Barcelona. Sus resultados fueron excepcionales. En 1989 se proclamó campeón de Europa de 100 metros espalda en Bonn. Pero, sobre todo, su progresión fue fabulosa en la distancia larga de espalda. El 27 de marzo de 1990 batió en Gainesville la plusmarca mundial de 200 metros en piscina de veinticinco metros, con un registro de 1:46.21. Era la primera vez que un nadador nacional se colocaba a la cabeza de un ranking mundial. En 1991 fue doble campeón europeo en Atenas y campeón del mundo de 200 en Perth (Australia). El 13 de agosto, en Fort Lauderdale (Estados Unidos), nadó en 1:57.30 y consiguió rebajar casi en un segundo la marca establecida en 1985 por Igor Polianski, uno de sus nadadores más admirados. El 23 de noviembre, en Tuscaloosa (Estados Unidos), estableció un nuevo récord mundial, con una marca de 1:56.57. Sabía que era capaz de rebajarlo aún más, aunque prefería las victorias, que quedan en el palmarés, a los récords, que se baten y quedan en el olvido. El nombre de Martín López-Zubero comenzaba a aparecer entre las opciones españolas de medalla para Barcelona. Era el mejor especialista del mundo en la distancia.

En aquel momento entrenaba con Mike Barrowman, recordman mundial de 200 braza, y disponía de una buena ayuda económica del Plan ADO, que había ido aumentando por los buenos resultados. Se confiaba plenamente en él. Fichó por el Club Natación Sabadell, aunque pasaba poco por España, únicamente para las competiciones de club. En esas ocasiones, residía en casa del director del CNS, en Sant Quirze del Vallès, y entrenaba con Skep Foster y Paul Wildeboer, con los que realizaba una preparación especifica: por la mañana, series de cinco a ocho y media, y por la tarde, después de una hora de ejercicio físico y pesas, vuelta a los entrenamientos en piscina. Con ellos consiguió perfeccionar su rendimiento: «Skep y Paul sabían qué aspectos necesitaban más trabajo; la natación es mucho más que el deporte en sí, se necesita saber de otras cuestiones; en Sabadell me trataron como una persona especial, y eso que el club tenía una enorme historia, con nombres como Esteva, Torres o Comas». Martín demostró a sus preparadores su enorme capacidad de concentración. En su tiempo libre visitaba amigos, paseaba, iba al cine. Apenas tenía tiempo de echar de menos la boa y la serpiente pitón con las que vivía en su casa de Florida. No le interesaba demasiado lo que hacía el resto de deportistas.

Aquel joven con aspiraciones de gloria olímpica tenía un carácter frío, controlado, conservador, quizá heredado de su madre norteamericana -su lado Purcell-, pero, a la vez, era emotivo, cariñoso, arriesgado... Era la genética López-Zubero. Como su popularidad crecía, comenzó a sentir la admiración de la gente. En más de una competición disputada en aquellos días se preparó un dispositivo especial de seguridad para que pudiese atender a los aficionados, ávidos de autógrafos y fotografías, así como para efectuar con tranquilidad los traslados desde su casa a la piscina, y viceversa.

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Los Juegos de Barcelona significaban un reto muy especial para la familia, que quería lograr una medalla para España... en España. Martín sabía lo que se jugaba, aunque era realista: creía que podía estar entre los cinco primeros. Más o menos garantizado el diploma, su objetivo era pelear por el oro. Al llegar al aeropuerto de El Prat, comprobó que había un gran ambiente en torno a él. Martín deseaba instalarse en la Villa, ver a sus compañeros, nadar con ellos. Sin embargo, los planes de su entorno eran distintos. No residió en la Villa, sino en un hotel cercano a la piscina. Poca gente sabía dónde estaba: «Allí podía descansar sin la molestia del teléfono; mi padre y mi hermano iban a buscar algo para comer, después dormía la siesta y después, a la piscina; era un ritual en todas las competiciones importantes en las que participaba». A pesar de su experiencia, le invadía una enorme responsabilidad: «Era consciente de que cualquier mínimo fallo en natación supone centésimas de segundo que podían dejarme fuera del oro o incluso del podio».

Martín participó en cinco pruebas. En la primera, los 100 metros mariposa, empieza mal. Ignora que se ha adelantado su serie por un cambio de programa, y cuando se entera, acude a la carrera a las piscinas Picornell. Llega a tiempo para tomar la salida, pero sus rivales ya están preparados desde hace un rato. Aun así, bate el récord de España y entra en la final, en la que queda séptimo. En los 200 estilos queda noveno (gana la final B). Con el equipo de 4x100 estilos no se clasifica, y queda cuarto en 100 espalda. Pero su especialidad son los 200 espalda.

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En las eliminatorias, a base de confianza en sí mismo y recordando la máxima que aprendió de su padre, se emplea a fondo para lograr el mejor tiempo. Ha sido fundamental nadar antes los 100 metros: «Fue la mejor forma de romper el miedo escénico, de enfrentarme a una piscina repleta de público animándome, que es algo que impresiona mucho». En buena lógica, la “bomba de agua” López-Zubero debe estar en el podio, aunque siete de los ocho finalistas han bajado de los dos minutos en las series.

En la final, tiene todo a favor. Además del aliento del público, nada en la calle 4: «Era muy importante nadar en las calles centrales; mi plan era atacar a partir de los cien metros». Aquel 28 de julio, Martín es fiel a su personalidad y no se deja influir por lo que está en juego. Se siente muy arropado por la familia: «Mi hermano me entrenaba pero mi padre me daba seguridad, y aquel día lo buscaba con la mirada en las gradas antes de empezar la prueba».

Su salida es mala. Bucea quince metros y nada en solitario un tramo más. Vladimir Selkov, del Equipo Unificado, se coloca en cabeza y Martín es quinto al paso por el hectómetro. Se podía esperar del plusmarquista mundial que resolviera la prueba con facilidad, pero los rivales no lo permiten. Marcan el ritmo de la prueba y Martín confía todo a su final. Sin embargo, cuatro largos parecen insuficientes para recuperar el tiempo perdido. Inicia entonces la remontada. En el siguiente largo mantiene su cadencia de treinta y dos brazadas y gira tercero, mientras el japonés Ito se coloca primero, seguido de Selkov. En las gradas la emoción es máxima. Su hermano David está muy nervioso porque el nadador nipón va muy rápido. Martín cumple metro a metro el plan previsto, activa su “sistema de propulsión” y sigue descontando metros. Tras el último giro, nada como un cohete. Los últimos 50 metros son un portento de fuerza y velocidad. El español acelera su brazada mientras el japonés comienza a desfondarse. A mitad de piscina está a la altura del italiano Stefano Battistelli y todavía detrás de Selkov. Los tres habían sido medallistas en Perth e iban a jugarse el todo por el todo en los últimos metros.

Los últimos veinte metros son los más intensos de la vida deportiva de Martín. Trece o catorce brazadas con el corazón bombeando a su máxima capacidad, un cuerpo al límite de su resistencia, impulsado por un cerebro que ordena un último esfuerzo. El clamor de diez mil gargantas le empuja y, en un final agónico, toca cuatro décimas de segundo antes que Selkov. Se ha cumplido el pronóstico, aunque en el último instante. Todo ha ocurrido en 1:58.47, nuevo récord olímpico, aunque lejano a la marca personal de Martín: «Se demostró que nada es fácil, porque todo el mundo pensaba que iba a ganar, pero hay que nadar y participar antes de coger la medalla». Selkov es plata y Battistelli, bronce.

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La emoción es indescriptible. Al lograr el oro brota su emotividad de raíz española y rompe a llorar. Con la medalla colgada al cuello pasea la bandera nacional por las piscinas Picornell: «Los momentos más emocionantes fueron ver a mi familia, subir al podio y recibir el apoyo de la Familia Real». Después del extraordinario esfuerzo, se relajó viendo pruebas de atletismo y algún partido del 'Dream Team', el equipo norteamericano de baloncesto. En Zaragoza, días después, se reafirmó en su idea de seguir nadando con España (“nado por España porque me siento español y lo deseo”, señaló entonces) y dijo que no le apetecía volver a ver la prueba, puesto que ya sabía el resultado.

Después del éxito de Barcelona, quería más. La palabra “satisfecho” no estaba en su léxico, y en 1993 fue campeón de Europa de 200 espalda en Sheffield (Reino Unido). En 1994 consiguió en Roma otro título mundial en 100 espalda, y el subcampeonato en 200 espalda. Aunque siguió compitiendo durante cinco años más, una visita a un hospital pediátrico le impactó y fue el punto de partida de su nueva vida. En Atlanta fue cuarto en 100 espalda y sexto en 200 espalda. Con veintisiete años ya era el más veterano de la modalidad. En 1997, en Sevilla, fue campeón de Europa por quinta vez. Decidió retirarse el 29 de octubre de ese año, convertido en el mejor nadador español de todos los tiempos. En uno de los homenajes que recibió, dijo que el secreto para triunfar era entrenar mucho, tener talento, sacrificio y paciencia.

Se graduó por la Universidad de Florida en dirección de empresas deportivas, y siguió vinculado a la natación como técnico. Siempre tuvo presente aquella máxima que un día le enseñó su padre, y que siempre trató de inculcar a sus nadadores: «Los niños que aspiran a la alta competición sienten tanto la presión, que yo quiero que disfruten nadando», explica. El 29 de agosto de 1999, en Sydney, el estadounidense Lenny Krayzelburg nadó los 200 espalda en 1:55.87, batiendo en 70 centésimas su récord: «Los récords están para ser batidos; fue muy especial para mí ser recordman durante ocho años; lo que nunca me quitarán es la medalla de oro».

En febrero de 2002, el Consejo de Ministros aprobó la concesión de la Cruz de la Orden del Mérito Deportivo. Tuvo una hija y siguió viviendo en Jacksonville. Una piscina cubierta de Navalcarnero lleva su nombre, así como una calle en Brunete (ambos municipios, en Madrid). Nadie fue capaz de rebajar sus marcas durante unos años, hasta que en marzo de 2008 Aschwin Wildeboer, hijo de uno de sus entrenadores durante el periodo preolímpico, batió en 6 centésimas su histórico récord de 100 espalda (54.67) logrado en Palma en febrero de 1992. Wildeboer es en la actualidad el doble recordman de 100 y 200 espalda.

 

(*Este texto formó parte del libro "Españoles de oro. Cien años de medallas olímpicas" (COE, 1998), escrito por Juan Manuel Gozalo y Fernando Olmeda, y revisado para el libro "Españoles de oro. Españoles que hicieron historia en un siglo de olimpismo en España"(COE, 2012), editado en el centenario del Comité Olímpico Español).