XXV AÑOS DE BARCELONA'92

Las 'chicas de oro' del hockey español

Hasta la reciente explosión del deporte femenino de equipo, las 'chicas de oro' por antonomasia fueron ls integrantes del equipo olímpico de hockey sobre hierba que conquistó la medalla de oro en los Juegos de Barcelona. El seleccionador, José Manuel Brasa, y la capitana, Mercedes Coghen, desvelaron los secretos de aquella gesta histórica para el libro "Españoles de oro".

 

«Terminó la final, fueron al vestuario a cambiarse de ropa y a acicalarse, y cuando regresaron al campo, pensé que eran las mujeres más bellas del mundo, que su felicidad interior se transmitía a sus rostros». Al recordar el momento en el equipo de hockey sobre hierba ganó la final de los Juegos de Barcelona -el mayor éxito del deporte femenino español por equipos de su historia-, se mezclan en José Manuel Brasa el orgullo y la nostalgia, dos sensaciones acompañadas de inevitable humedad en los ojos. Y eso que no acostumbra a exteriorizar sus sentimientos.

Brasa es un enamorado del hockey. Como lo practicaban varios familiares siguió la tradición, brevemente como jugador, y, con solo dieciocho años, como entrenador. Cuando en 1985 fue nombrado seleccionador nacional, entró con ganas de renovar este deporte. Para lograrlo, sabía que necesitaba unos años. La designación de Barcelona como sede de los Juegos en 1992 definió su horizonte de trabajo. No le preocupaba la ausencia del equipo en los Juegos de Seúl: «Mi planteamiento fue, desde el primer momento, que teníamos que formar un equipo para Barcelona, y llegar a semifinales». Comenzó a trabajar con veinticuatro jugadoras, un grupo que fue reduciéndose hasta quedarse en dieciséis. Recorrió España en busca de chicas interesadas en entrenar en Madrid. Con el plan ADO, las posibilidades de becar a jugadoras y que lograran plaza en la Blume fueron creciendo según iban acercándose los Juegos.

Jose Manuel Brasa head and shoulders

Su planificación fue muy precisa. De laboratorio. En el Mundial de 1990, España fue quinta, pero su objetivo era otro más sutil: ganar a los equipos que iban a ser rivales directos en los Juegos. En septiembre de ese mismo año se convocó una concentración en Alicante a la que también acudieron jugadoras sub-21 que habían quedado campeonas de Europa. Brasa intentó motivarlas lanzándoles el siguiente reto: ¿Quién está dispuesta a sacrificar estudios y trabajo, entrenando mañana y tarde, desde el 1 de enero de 1991? La respuesta fue, en general, muy positiva: «Todas queríamos lo mismo, ¿quién no desea participar en unos Juegos? Eso sí, había muchas dudas, por el sacrificio que nos proponían que hiciéramos», recuerda Mercedes Coghen, capitana del equipo desde 1985.

En noviembre de 1991, llegó el momento de la verdad. Brasa presentó tres opciones a las jugadoras preseleccionadas que llevaban ya casi un año trabajando juntas: la primera era llegar a semifinales con posibilidad de medalla, pero para lograrlo necesitaban concentrarse indefinidamente y correr con un “coste inhumano”, la expresión que quedó grabada en la mente de todas; la segunda era aspirar a un quinto puesto,  iniciando más tarde la concentración y con un coste personal mucho menor; la tercera opción era, sencillamente, salir a desfilar. La elección de la primera opción implicaba un enorme sacrificio para las jugadoras, porque solían entrenar apenas cuatro horas semanales en sus clubes, con predominio de la parte técnica sobre la física. De pronto, pasaban a entrenar diez horas diarias, dos días en cada club y dos días en el Centro de Alto Rendimiento, más los partidos de fin de semana. Solo un día de descanso, solo un día sin hockey en cada semana. Además, significaba un gran esfuerzo porque eran jugadoras aficionadas: «En una concentración en Papendahl coincidimos con el Barcelona, y claro, las dietas de los futbolistas eran grandísimas, muy superiores a las nuestras», dice Mercedes. Por eso, acordaron realizar entrenamientos voluntarios de los que se sacaba algo de dinero mediante un bote habilitado al efecto. Era un escaso estímulo, comparado con el interés de todas ellas por formar parte de la selección que iba a representar a España en los Juegos.

A partir de la respuesta afirmativa, comenzó la verdadera preparación. «La actitud de las jugadoras fue magnífica», recuerda Brasa. En enero de 1992 viajaron a Cuba para entrenar en un campo de hierba artificial, con las mismas condiciones de temperatura y humedad que iban a encontrar en Tarrasa, sede de la competición de hockey en los Juegos. «Fue duro, tres semanas de preparación física, corriendo por la playa con pesos, musculando en el gimnasio, jugando contra los juveniles cubanos; terminábamos muchos días casi llorando», recuerda la capitana. El 28 de febrero, comenzó la concentración en Tarrasa, fundamental desde el punto de vista estratégico: «Como sabíamos con quien nos íbamos a enfrentar, no les invitamos a que jugaran amistosos en Tarrasa, pero sí invitamos a otros rivales fuertes», revela Brasa, cuyo objetivo era ganarlos para conseguir seguridad psicológica: «Saber que podíamos ganar a cualquiera».

El Hotel “Don Cándido” se convirtió en el cuartel general del hockey español. Allí vivían las jugadoras, allí entrenaban, planificaban las tácticas, estudiaban en vídeo a las rivales. Incluso el seleccionador marcó las normas de comportamiento fuera del césped: «Mi mayor preocupación era el agobio de la prensa en los días clave; por eso, acordamos con una productora de televisión que nos acompañase para que las chicas adquiriesen soltura ante la cámara, como una preparación para que no perdiesen la concentración cuando fuesen asediadas por los periodistas». La única jugadora que gozaba del privilegio de dormir en habitación individual era Mercedes. A su dormitorio acudieron varias jugadoras, sobre todo las jóvenes, a confiarle problemas de fragilidad de ánimo, que superaron a base de comunicación con el cuerpo técnico y las compañeras, o los derivados del miedo a ser excluidas del equipo a tres meses de la competición. El momento más difícil fue, precisamente, el del último descarte, cuando el seleccionador prescindió de Inge Mitxelena y Ana Escalante.

El 16 de abril, la selección definitiva acudió al Torneo de Holanda. El cincuenta por ciento eran jugadoras de clubes de Madrid, el veinticinco por ciento eran catalanas, y el quince por ciento, de equipos vascos: «Teníamos sensación de equipo, todo el mundo se llevaba bien, y más que por equipos u origen nos juntábamos por grupos de edad», aclara Mercedes. Aunque perdió con Holanda, la selección española ganó a Alemania y a Corea. Esas victorias tendrán, a posteriori, un calado mayor del que se pensó en aquel momento.

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El día de la inauguración de los Juegos, Brasa no salió del hotel: «Estuve viendo vídeos y seguí la ceremonia a ratos, haciendo zapping». Las jugadoras necesitaban desconectar, rebajar la tensión, y disfrutaron de la mágica noche de Montjuic: «Recuerdo los nervios terribles que pasamos al pensar que aquello era de verdad, a muchas se nos puso la carne de gallina al salir al estadio; hasta que no te ves vestida de rojo, en primera fila, con el Príncipe al lado y oyendo como ruge la multitud, no te haces una idea de dónde estás», evoca Mercedes. En opinión de Brasa, «la ceremonia elevó mucho el nivel de activación de las jugadoras, las ganas de comerse a los rivales».

Durante la competición, Brasa utilizó un sistema base que mantuvo en todos los partidos: «En la media tenía dos interiores muy resistentes, Virginia Ramírez y Ángeles Rodríguez, y otras dos muy inteligentes y técnicas, pero más bajas físicamente, Anna Maiques y Nuria Olivé, a las que siempre sustituía; fue una de las claves del sistema de juego». Fueron también decisivas las jugadas ensayadas, que lograron mantener en secreto, y que sorprendieron a sus rivales. Inventaron algunas, cuyos nombres aún permanecen en la memoria de las jugadoras: la 'australiana', consistente en un amago de pase anterior al verdadero tiro a puerta; el 'día de cumpleaños', que comenzaba y terminaba en Mercedes Coghen; 'Málaga', con la malagueña Carmen Barea como jugadora clave...

Disputan el primer encuentro el 27 de julio contra Alemania. Es un partido muy importante, porque el escenario es el segundo campo de Tarrasa, más pequeño que el principal, en el que siempre habían entrenado. España sale con mucha tensión. Las germanas utilizan una defensa especial con la que neutralizan dos penalty-corner. A base de empuje, las españolas consiguen nivelar al 0-2 adverso. El empate sabe a poco, pero no es mal resultado, en vista del calor y de la poca frescura de ideas: «Pensamos que si jugábamos tan mal y empatábamos a dos, era estupendo», recuerda Brasa. Contra Canadá, dos días después, España juega y gana 2-1 sin agobios, aunque podría haberse resuelto mejor si se hubiesen convertido las ocasiones. Había que mejorar aún en resistencia y velocidad.

En cuartos de final llega uno de los partidos más complicados, contra Australia, campeona olímpica en Seúl. El 2 de agosto, España gana 1-0, tanto logrado en el primer penalty-corner: «Uno a cero, y cien mil angelitos con nosotros», dice Mercedes. Uno de esos angelitos es la portera Mariví González, que aquel día detiene todo lo que llega a su marco y comienza a despuntar como la gran portera de los Juegos. Parecía imposible que Australia, con cinco delanteras, no fuese capaz de marcar un gol. Las jugadoras se funden en abrazos al final del partido. La selección estaba en semifinales. «Solo a partir de ese momento me permití el lujo de decir que teníamos que ir a por el oro», recuerda Brasa. Su objetivo estaba cumplido, pero quería más. En ese momento, la opinión pública empieza a tener en cuenta el hockey. Mercedes recuerda que, cuando comenzaron a hacerles entrevistas, un periodista se disculpó por no haberles prestado atención antes.

Jugar una semifinal olímpica en casa era una ventaja, aunque las jugadoras creen que, en cierta medida, el apoyo del público en Tarrasa les perturbó, porque estaban acostumbradas a no tener más espectadores que sus familiares y amigos. El 4 de agosto, contra la selección de Corea del Sur, que había sido plata olímpica en Seúl, el campo está a rebosar. «Conocíamos la forma de juego de las coreanas, siempre al ataque, y siempre por la banda izquierda; por eso, planteamos una contra-táctica diagonal de bloqueo de esa banda para que tuviesen que utilizar la contraria», explica el seleccionador. A los nueve minutos, se adelanta España con un gol de Natalia Dorado, al recoger un rechace después de un tiro al poste de Teresa Motos. España frena el ritmo y las coreanas se lanzan al ataque. En el minuto 29, empatan en un penalty-corner. La segunda parte es equilibrada, aunque Corea dispone de más ocasiones. Mariví González es, de nuevo, la jugadora más valiosa del partido. Al final del tiempo reglamentado, el marcador señala empate a uno. Llega entonces otro de los momentos clave: la charla previa a la prórroga. Brasa les dice que, físicamente, están mejor que las coreanas, y que no importa llegar a los strokes, el desempate por penalties, que habían ensayado: «Si llegábamos al desempate, sabíamos quién iba a tirar, en qué orden, e incluso por qué lado de la portera, cuyas posiciones conocíamos perfectamente», dice Brasa. ¡Nos las comemos!, se dicen al regresar al campo para disputar la prórroga. Las jugadoras salen con confianza y llevan el peso del partido. A tres minutos de la conclusión, Carmen Barea anota el gol de la victoria. España ha sufrido, pero ha logrado un sueño que parecía imposible: jugar la final: «Ahí se notó la paliza de Cuba; estábamos físicamente fantásticas», reconoce Mercedes. Tanta ilusión les produce, que se dejan los sticks sobre el césped. Tanta seguridad en sí mismas tenían, que habían reservado con antelación un restaurante para celebrar el pase a la final. El cuerpo técnico relaja la disciplina, permite que la euforia se desborde. Aquella noche es alegre y larga, como evoca Mercedes: «Ya era la gloria, podíamos dar por acabados allí los Juegos». Al mediodía siguiente, vuelven a concentrarse para el asalto definitivo al oro.

En la final se enfrentarán a Alemania, que ha derrotado a Gran Bretaña en la segunda semifinal. Las horas previas no son fáciles. Se especula sobre posibles cambios en el once inicial. Brasa resuelve la presión anunciando la alineación la noche anterior. No habría cambios respecto al equipo titular. Las jugadores duermen sabiendo dónde van a estar al día siguiente.

La final se disputa el 7 de agosto a las siete y media de la tarde. Estaba en juego algo más que el honor, pero no había que dejarse llevar por estériles intentos de revancha: «Estábamos nerviosas porque era la final, pero como habíamos empatado a dos en el primer partido sabíamos que lo teníamos al alcance de la mano», dice Mercedes. Las jugadoras mantienen sus supersticiones, sus amuletos. Se repiten los mismos pañuelos en el pelo, las mismas mascotas; alguna se pone de nuevo la camiseta que ha usado desde el primer día de competición. Doce mil personas abarrotan el Estadi de hockey de Tarrasa. Brasa prepara una sólida defensa y coloca a Mercedes de interior izquierda, una posición en la que nunca jugaba, para marcar muy de cerca a Britta Becker, la hábil interior derecha germana. El marcaje surte efecto y España bloquea el ataque alemán por el flanco derecho. En el minuto siete, Carmen Barea logra el 1-0 en un penalty-corner. Es el primer disparo español. Las alemanas logran el empate a los cinco minutos y asedian la portería local. Mariví González desbarata cuatro penalty-corner y detiene varios disparos más. El empate al final del primer tiempo mantiene el optimismo en el equipo.

FOTOTECA JACOBO  LABO - JALT

Brasa hace un cambio tras el descanso. Da entrada a Anna Maiques en lugar de Virginia Ramírez para recuperar la iniciativa ofensiva. En la segunda parte, España sale con menos nervios, juega con madurez, luchando cada bola. Frente al acoso español, las alemanas mantienen el tipo, aunque también disponen de oportunidades. La prórroga no parece injusta en función de lo visto en la cancha. Un gol de Sonia Barrio es anulado de manera rigurosa. Con esa incombustible moral, solo podía llegar el gol de la victoria, fruto de una falta ensayada en Cuba. Teresa Motos debía ejecutarla rasa para que entrase Natalia Dorado, destinataria final de una jugada de tiralíneas, entrenada decenas de veces. El saque es perfecto, la bola va en la dirección exacta, lejos del radio de acción de la portera germana. En ese momento, entra en acción Eli Maragall, que desvía la bola y marca. La autora del gol de la victoria fue la sobrina del entonces alcalde de Barcelona, pero podía haber sido cualquiera, porque aquel oro tenía que quedarse en casa. España aguanta el resultado hasta el final. Mariví González vuelve a ser providencial con una nueva parada de un penalty-corner. Segundos antes del pitido final, Maribel Martínez de Murguía la sustituye. El marcador ya no se mueve. En un apasionante encuentro ha podido más el corazón y las ganas de España que la técnica y la condición física de Alemania. La selección nacional ha conquistado el oro sin perder un partido.

Estos fueron los dos goles de la final:

Las jugadoras caen desplomadas, exhaustas. Sobre el césped se mezclan risas y lágrimas. Expresan todo lo que llevan acumulado: la tensión de la final, un torneo redondo, cuatro años soñando... Es una gran explosión de alegría. Salen del campo deshechas, desencajadas por el esfuerzo.

Eli  4

De regreso, en el túnel, españolas y británicas, ya con el uniforme de ceremonia, están exultantes por haber logrado el oro y el bronce, mientras alemanas y coreanas comparten su infortunio. Mercedes recuerda que, días antes, les hicieron un reportaje en el que aparecían en lo más alto de un podio simulado: «Dije a mis compañeras que practicaran para el día de la final; en el podio tienes una sonrisa que no se te puede quitar de la boca».

Después de las medallas, atienden los compromisos de televisión y celebran una fiesta en el Club Egara. «Es como cuando te casas, no te acuerdas de muchas cosas, no te da tiempo a disfrutarlo, aunque quedan las fotos para siempre», dice Mercedes. Muchas no duermen, y no solo por los efectos de la fiesta, sino porque “flotaban”, sin poder creer aún que todo lo que les estaba ocurriendo fuese cierto. Al día siguiente, Brasa se siente inmensamente feliz, pero también vive la soledad del entrenador. Cuando los periodistas le preguntan por esta inesperada medalla de oro, contesta: “¿Sorpresa? ¿Qué sorpresa?”

Se comparó en aquel momento la hazaña del equipo femenino con la medalla de bronce del equipo masculino en los Juegos de Roma, en 1960. Pero la hazaña de las chicas fue de oro. Barcelona fue el final de la carrera deportiva de varias jugadoras. Pero, tanto las que se fueron como las que quedaron, y todas sus familias, y todos los amantes del hockey, y todos los que lloraron de emoción aquel 7 de agosto, no olvidarán nunca sus nombres. Siempre serán las “chicas de oro”:

Carmen Barea - Sonia Barrio - Mercedes Coghen - Natalia Dorado - Nagore Gabellanes - Mariví González - Anna Maiques - Silvia Manrique - Eli Maragall -  Maribel Martínez de Murguía -  Teresa Motos  -  Nuria Olivé  - Virginia Ramírez - María de los Ángeles Rodríguez - Maider Tellería

(*Este texto formó parte del libro "Españoles de oro. Cien años de medallas olímpicas" (COE, 1998), escrito por Juan Manuel Gozalo y Fernando Olmeda, y revisado para el libro "Españoles de oro. Deportistas que hicieron historia en un siglo de olimpismo en España" (COE, 2012), editado en el centenario del Comité Olímpico Español).