XXV AÑOS DE BARCELONA'92

El día en que Fermín Cacho se convirtió en leyenda del atletismo español

El 8 de agosto de 1992, Fermín Cacho inscribió su nombre en el cuadro de honor del olimpismo español, al conquistar la medalla de oro en la prueba de los 1.500 metros. Este es el relato en primera persona que el atleta soriano hizo para el libro "Españoles de oro".

Fermín Cacho habla mirando a los ojos, con las ideas claras y el recuerdo fresco, latente, ahí mismo, entre las manos, como si el tiempo se hubiera detenido la tarde del 8 de agosto de 1992, aquella tarde inolvidable para él y para todos, cuando consiguió la medalla de oro de los 1.500 metros en los Juegos de Barcelona. 

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Durante veinte años estuvo arrancando metales de las pistas del mundo. Carreras, marcas, medallas, europeos, mundiales... siempre al límite, en el filo, devorando kilómetros, exprimiendo las piernas, combatiendo la fatiga, acostumbrado a digerir las derrotas y a dejar que los éxitos, que fueron muchos más, escurriesen lentamente por su impresionante historial, para evitar que la vanidad los aniquilase.

No deja de sorprender la capacidad de los grandes deportistas para memorizar los detalles pequeños. Parece como si estuvieran leyendo un libro. Bien es verdad que es su libro, el que ellos escriben, más allá de las limitaciones que impone el paso del tiempo. Fermín Cacho (Ágreda, Soria, 16 de febrero de 1969) es un hombre que, además, te capta, requiere tu atención, domina el difícil arte de la pausa y desgrana sus vivencias con ese mismo cambio de ritmo que tantas veces causó admiración. No le basta con mirar a Barcelona. Él quiere que se sepa, que todo el mundo sepa cómo, cuándo y por qué aquella tarde la llevaba escrita desde mucho tiempo atrás: «Hay que ir varios años más atrás, al momento en que Barcelona fue elegida sede de los Juegos. Yo era estudiante, por cierto solo regular, en Soria. Me gustaba el atletismo, pero no me había planteado grandes metas. Salí de clase y vi que todo el mundo andaba revuelto y daba saltos de alegría porque habían concedido los Juegos a Barcelona, y en ese momento, me dije: Fermín, tienes cinco años para estar allí y participar. Eso era lo único que quería: estar allí y participar, representar a España en nuestros primeros Juegos. Y empecé a darme caña. Fui a Birmingham al Europeo y quedé el undécimo... de doce. No me asusté. Tenía una meta, una única meta: Barcelona. En el 88 mejoré un poco, pero claro, cuanto más me metía en el atletismo en serio peor me iba en los estudios. En Sudbury, ganó Kirochi, segundo Morcelli, y yo tercero».

Aquel Mundial junior significó su salto a la fama internacional. Era el único europeo capaz de desafiar el dominio africano, y se convertía en sucesor de los Abascal, González, Cram, Ovett o Coe. Pero también supuso la aparición de Noureddine Morcelli en su vida. Aunque hubo otros maestros, el argelino fue el primero que le enseñó la vara de medir campeones. Entre los mejores, siempre suele haber uno que enseña la nuca a los demás. Es cuestión de asumir, respirar hondo y esperar la ocasión: «Cuando más cerca vi la posibilidad de estar en Barcelona fue en el 89. Se inauguró Montjuic, gané allí el campeonato de España y luego quedé quinto en el campeonato del mundo. El 90 fue un año de transición. Hice el servicio militar y notaba cómo aumentaba mi obsesión por Barcelona. En el 91 estuve muy bien otra vez. Fui subcampeón mundial en pista cubierta en Sevilla y quinto en el Mundial de Tokio. Corrí en 3:32.05 y empecé a soñar con el podio. La verdad es que soñaba con muchas cosas. Pero nada importaba. Todo, todo lo que hacíamos estaba enfocado hacia el día 8 de agosto de 1992 a las ocho y cuarto de la tarde. No importaban los rivales, ni nada. Yo creo que una de las más poderosas razones del éxito de aquellos Juegos fue que todo el mundo se dedicó en cuerpo y alma a lograr que todo fuese excepcional, ayudando, motivando, incentivando. Eso fue esencial».

Hace una pausa. Como si quisiera explicar un poco más, un poco mejor, eso de las ayudas, incentivos y motivaciones. Como si necesitara explicar, dejar claro, lo que recibió, lo que le fue prometido, los frutos de un esfuerzo. He aquí a un hombre a una idea pegado. A una ilusión, una meta, un vínculo: «A mí, desconozco otros casos, todo lo que se me prometió antes de Barcelona me lo dieron. Hay que tener en cuenta que en la temporada 88-89 entré en el Plan ADO, y creo recordar que mi beca entonces era de 800.000 pesetas. Pascual, La Caixa, Seat, nadie falló. Aquellos días en Barcelona, durante los Juegos, fueron inolvidables. No estuve en la inauguración, aunque la seguí con un cosquilleo especial. En Barcelona tenía piso donde quedarme pero preferí la Villa, preferí vivir aquello. Si no estás ahí metido, luego no se puede explicar. Gocé como un niño. Pasaba muchas horas en el comedor. Un día almorcé al lado de Charles Barkley y pensé: ¡Coño, este es el fenómeno de la NBA! Estaba asombrado, feliz, divertido y orgulloso. Me pasaba el día entrenando, durmiendo y en el comedor. Aquel comedor era la bomba. Se me ponían los ojos como platos viendo tantos monstruos juntos».

Fermín es como un volcán que expulsa a borbotones sus sensaciones. Se le ilumina la cara recordando aquellos días, aquellas horas en el comedor de la Villa, evocando la fuerza y la confianza en sí mismo que le iba embargando en cada minuto, el placer de estar y el deseo de ser, la puesta a punto, el enorme poder que proporcionan la ilusión y el trabajo, y su gran sueño cumplido de estar en Barcelona, que empezó a gestarse aquella tarde en Soria, al salir de clase, cinco años antes. En 1992 ya se decía de él que tenía instinto depredador sobre la pista. Por eso, y por competir en casa, era uno de los favoritos. 

Las series clasificatorias se inician el 3 de agosto. Fermín se impone en la primera de las cuatro que se disputan: «Cuando vi la primera lista de competidores me dije: ¡Bah!, es fácil, la pasamos seguro. Yo siempre hablo de finales, porque las otras las doy por superadas. Nunca me veo más que en la final, por lo tanto, es lo único en lo que que pienso. Querían que me levantara a las cinco y media de la mañana y le dije a mi entrenador, Enrique Pascual, que no, que yo no iba a cambiar mis costumbres, que, como mucho, a las siete y media. Desayunamos, hicimos unas risas, y llegamos al estadio a las nueve y pico. Me puse unas gafas de sol y una gorra y me senté en la grada. Me quedé medio dormido. Tuvo que espabilarme mi entrenador. Y pasé». Fermín se clasifica primero en la primera serie, en la que el marroquí Rachid El-Basir es cuarto.

El 6 de agosto se disputan las semifinales. En la primera se impone Noureddine Morceli. En la segunda gana el catarí Mohamed Sulaiman, y Fermín es segundo: «Ganó Sulaiman pero no me preocupó. Eso sí, a partir de ese momento empezó el verdadero trabajo de mentalización para la final. Estudiamos cómo podía ser. Creíamos que iba a ser rápida. Y también teníamos claro que el hombre a vigilar era Morceli. La planteamos como una reunión. Enrique me decía que me olvidase de todo, que yo iba a ganar la carrera y que iban a perderla los que gritaban. Los últimos metros, leña al mono. Nada de euforias. Sangre fría. Estarán gritándote y alentándote desde que se dé la salida. Tú, a lo tuyo. Sin volverte loco. Sal a correr para ti. Así lo planeamos. Durante todo el día me sentí muy bien, muy suelto, relajado. Me eché una siesta de hora y media, dormí como un lirón, ni siquiera me enteré del ruido que hacían unos extractores de aire que tenía encima. Me levanté y empecé con una de mis manías: cambiar los dorsales. Siempre corro con dos camisetas. Eliminatoria y semifinales con una, y la final con otra. Puse el dorsal de la camiseta de las dos primeras carreras en la de la final. Tengo otra manía: la camiseta de calentamiento que me pongo el primer día es la que llevo los tres días. Ni lavarla, ni nada. El día de la final me pongo una nueva, y también estreno calcetines y zapatillas».

Fermín entra en calor, ya rugen sus motores, ya está donde quería: En la gran final de Barcelona, donde él soñó, donde se empeñó en estar: 8 de agosto de 1992, ocho y cuarto de la tarde. Millones de personas presencian la prueba por televisión. El estadio está lleno, miles de corazones laten a gran velocidad. Los atletas esperan, nerviosos, la llamada: «Estábamos calentando, miré a Gennaro Di Napoli y le dije a Enrique: un rival menos, está muerto, este no me gana. En la cámara de llamadas veía a todos tensos. Y me decía que quien quisiera ganarme tendría que correr por debajo de cincuenta segundos el último cuatrocientos. Lo comenté con mi entrenador. Yo lo hice exactamente en cincuenta segundos».

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Fermín sigue a lo suyo. Preparando el relato de la final, ajeno a cualquier gesto, comentario o movimiento. Se ha metido en su mundo, en su medalla. Ha llegado el momento, ese momento que ni él ni nadie olvidaremos jamás, aunque la intrahistoria de aquella carrera no deja de sorprender: «Al iniciarse la carrera, me llamó la atención que iba muy lenta, muy táctica, lo contrario de lo previsto. Yo iba como siempre, pero nos equivocamos, la carrera no transcurrió como pensábamos. El primer doscientos fue rapidillo, y yo pensaba: tirad, tirad lo que queráis... De repente, un frenazo. Me dije: cuidado, Fermín, que esto no estaba en el guion. Había que andar muy atento, había que ir siempre tercero o cuarto y sin dejarse encerrar. Yo buscaba a Morcelli, y le vi que iba mucho más jodido que yo. El segundo cuatrocientos fue más lento. Yo, a lo mío, y a Morcelli. Una semana después hizo récord del mundo, el tío. Yo hablaba conmigo, y me decía: pues si no tiras, sigue ahí detrás. Ya vendrás. A partir del mil empezamos a correr de verdad. Cambiaron el keniano Joseph Chesire y el alemán Jens-Peter Herold. Tuve un problema, casi me caigo, menudo susto me llevé».

Su relato desemboca de manera vertiginosa en el momento apoteósico de la recta final: «A falta de doscientos metros, me di cuenta de que estaba en estado de gracia y que habría ganado igual. Herold quiso pasar a Chesire por la calle dos, y este, que iba por la uno, se abrió para obstaculizarle un poco. Vi el hueco y me grité: a tope, Fermín, a tope. Ahora o nunca. Y ataqué, ataqué con el alma, con el corazón, a reventar. Al pasar junto a Chesire le metí un poco el codo, cambié el ritmo y volé. Cuando faltaban ochenta metros, vi que era campeón. Soy campeón, campeón olímpico. He ganado. He conseguido lo que venía a buscar». Fermín gana el oro con una marca de 3:40.12, peor tiempo que en la clasificación y en la semifinal. Es plata el marroquí Rachid El-Basir y bronce Mohamed Sulaiman. Noureddine Morceli queda séptimo.

El relato de Fermín deja exhausto. Hemos corrido el 1.500 a galope tendido, con el corazón en un puño, sin atrevernos casi a tomar aliento, escuchándole, viviéndolo con él, moviendo los pies bajo la mesa, apretando las manos. Al terminar hemos soltado un bufido de satisfacción.

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Y Fermín regresa a la tierra, a nuestro lado, hace una pausa larga, sostenida y profunda, y prosigue: «Fui a abrazarme a mis padres y a mi entrenador, y a partir de ese momento ya no me enteré de nada. No relacionas las caras. Solo ves gente, gente que te abraza, te estruja, grita tu nombre. Como un enloquecimiento. No sabes ni dónde estás. Es... como una borrachera, una locura. En la cámara me tranquilicé, pero volví a ponerme nervioso después, cuando, de repente, aparece un señor trajeado y me dice que quieren verme los Reyes. Ahí sí que me puse como un flan. Iba subiendo las escaleras hacia el palco e iba diciéndome: ¡Mi madre! ¿Y ahora, qué le digo al Rey? ¿Le llamo majestad, señor, le hago una reverencia, le trato de usted? Pensaba más en cómo dirigirme a él que en la medalla. Me temblaban las piernas, mi cabeza era un grillero. Luego fue maravilloso. Estuvo agradable, campechano, se le veía muy feliz, tanto que me dijo: Fermín, ven que te voy a presentar a la Reina, y estuvo tan amable conmigo, tan espontánea, cariñosa y emocionada, que le di un par de besos. Tranquilamente. Y a las Infantas también. Aquello fue lo más emotivo de mi vida».

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(Foto: RTVE)

Su imagen cruzando la línea de meta con los brazos abiertos es una de las emblemáticas de los Juegos de Barcelona. El atleta soriano se convirtió desde aquel día en un ídolo popular, y esa admiración quedó revalidada en 1993, cuando se proclamó campeón del mundo de 1.500 en Stuttgart, y al año siguiente, cuando quedó campeón de Europa en Helsinki. En los Juegos de Atlanta ganó su serie de la ronda previa y fue segundo en una de las semifinales, por detrás de Morceli. El argelino fue oro y Fermín conquistó la plata, por delante del keniano Stephen Kipkorir. El 13 de agosto de 1997 estableció en Zurich el récord de España y de Europa (3:28.95), que aún no ha sido batida, y fue plata en el Mundial de Atenas. En 1998 logró el bronce en el Europeo de Budapest, y corrió en otras distancias hasta su retirada. 

En 2003 entró en política de la mano del PSOE de Andújar, la ciudad donde reside junto a su esposa y sus tres hijas. Las apariciones públicas del mejor mediofondista español de todos los tiempos han sido constantes. Calles y polideportivos de varios municipios españoles llevan su nombre. 

El relato de su vida deportiva mezcla por igual los sentimientos, la capacidad de lucha, el trabajo, la fe... Su voz es el sonido de los grandes deportistas, hombres y mujeres que deberían estar siempre con nosotros para enseñar a los jóvenes cómo se cincela un campeón. Para regalarnos su experiencia, emocionarnos con su relato y desvelarnos sus manías. Benditas manías.

Aunque suele decir que no echa de menos el atletismo porque la vida es una sucesión de fases, reconoce que se pone nervioso cuando va a disputarse la final de 1.500 metros de un Mundial o unos Juegos. La prueba de medio fondo que le convirtió en leyenda viva del atletismo.

 

(*Este texto fue escrito por Juan Manuel Gozalo para el libro "Españoles de oro. Cien años de medallas olímpicas" (COE, 1998), y reelaborado por Fernando Olmeda para el libro "Españoles de oro. Deportistas que hicieron historia en un siglo de olimpismo español" (COE, 2012), editado en el centenario del Comité Olímpico Español).