jueves 22.08.2019
RECUERDOS DE ORO

La 'estocada' de Paquito (2)

Nadie ha igualado la gesta de Francisco Fernández-Ochoa en Sapporo'72. Porque ningún otro deportista español se ha proclamado campeón olímpico en unos Juegos de Invierno. Así lo contó el legendario esquiador para el libro Españoles de oro.

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Todo en Japón fue distinto, singular, irrepetible. Incluso lo de la capa española y el sombrero cordobés, que los nuestros lucieron en el desfile inaugural. Paquito prosigue su relato:

«Eso se le ocurrió a Aurelio. Aquí no se habían enterado. Con lo del Movimiento y todo el lío, nos habían equipado con un traje gris marengo, camisa azul, zapatos negros, un abriguito azul y un gorro tirolés. Y hablando entre nosotros, dijimos: ¿Por qué un gorro tirolés? Nada, nos llevamos una capa española y un sombrero cordobés. Y allí desfilamos con algo que represente lo nuestro y no vestidos de tiroleses. Y yo dije: ¡Olé tus huevos! Es que nos querían vestir de la Falange. Y conste que todo nos lo pagamos nosotros, con nuestro dinero. Los cinco. Hasta en eso tuvimos suerte, porque nos decían que nos la iban a armar cuando llegásemos de vuelta, que estaban esperándonos cabreadísimos. Pero, ¿cómo se les iba a ocurrir a Juan Gich o Anselmo López lo de la capa y el sombrero? Imposible. Lo comentamos allí. Pero Aurelio lo tenía claro: me da igual, decía; si quieren, bien y si no quieren, también. No vamos a ir vestidos de tiroleses».

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Como si hubiera ocurrido ayer mismo, Paquito describe con precisión cómo fue la competición aquel 13 de febrero de 1972:

«Íbamos bien, muy bien, y todo muy organizado: Favre, Aurelio y yo, por un lado, y Tissot y Conchita, por otro. Conchita no tuvo suerte. Quedó la veintinueve en descenso y la descalificaron por saltarse una puerta en gigante. A mí también me descalificaron en el gigante, pero yo iba por el eslalon. Y en eso no teníamos nada que envidiar a franceses, italianos, austríacos, a nadie. Llevábamos incluso tan buen material como ellos. Vi que estaba en forma, que si llegaba, iba a quedar bien. Lo vi fácil, la pista, la nieve. En los entrenamientos ganaba a todos, y pensaba: o éstos están dormidos, o tontos, o yo estoy que me salgo... El día antes de la prueba se lo dije al doctor Figueras: si quieres hacerme una entrevista, házmela ahora, porque mañana no vas a poder. Llamé a mis padres, a mis amigos, a mis abuelos. Les  dije que no se preocuparan, que el de Cercedilla iba a liarla. Mi abuela me dijo que estaba poniendo velas y yo le dije que sí, que las pusiese, que de lo demás me encargaba yo. No sentía presión. Lo comenté con Aurelio, el mejor compañero del mundo. Con él se podía ir a la guerra, de juerga o al mismo infierno. Le dije que no se me iba a escapar. En la primera manga, salí con el dorsal 2, y decidí no apretar a tope, pero dándole aire por si acaso. En la pista no se rompía el ritmo, la nieve estaba muy bien, como para ir flotando, con agilidad, suave, suave. Hice 55 segundos 36 centésimas, y metí casi dos segundos a David Zwilling, que había salido con el uno, y que en el año 74 fue campeón del mundo, un tío muy fino. Y pensé que, o yo había ido muy deprisa, o él iba muy mal. Y bajaban los Thoeni, Bachleda, Palmer, Penz, Neureuther, y cada vez más tiempo. ¡Coño, pues sí que lo he hecho bien! Ahí es donde empecé a concebir esperanzas de medalla, en serio. Me animaba yo mismo». En esta primera manga, los franceses Jean-Noël Augert, a 41 centésimas, y Henry Duvillard, a 56, quedan segundo y tercero, respectivamente. Rolando Thoeni es quinto, y Gustavo Thoeni, octavo. Aurelio García había quedado decimocuarto, 2 segundos y 25 centésimas más que Paquito. Una eternidad en esquí.

Entre la primera y la segunda manga, pasaron dos horas:

«Lo primero que hice fue ver la primera manga en televisión. Tomé un café, frutos secos y una aspirina -que era el dopaje permitido entonces-. Favre me decía que me quedara sólo, que me aislara, que no hablara con nadie. Mírate la manga, estúdiala bien, no te distraigas... ¡Anda que se me iba a olvidar a mí el trazado de la segunda manga! No podía estarme quieto, ni callado».

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En la primera manga tuvieron que pasar setenta y una puertas. Quedaban las setenta y cinco de la segunda. Era, además, la última prueba de esquí alpino de los Juegos. Quienes no habían logrado nada, buscaban su oportunidad, un domingo frío y desapacible, a doce kilómetros de Sapporo, en el monte Teineyama, desde donde se ve el mar de Japón:

«Como se invertía el orden de salida en la segunda manga, me tocaba salir el último. Vi bajar a todos. Observé dónde estaban los problemas. Cuando me lancé, sabía de memoria el recorrido. Gustavo Thoeni marcó 53.59 y pegué un respingo. Alain Penz se cayó en un sitio muy rápido. Me quedó muy claro lo que tenía que hacer. Había amainado el viento. Si todo iba bien, estaba seguro de conseguir la medalla. Luego me enteré de que los jefes -Gich, creo que Samaranch, aunque no estoy muy seguro, y Anselmo López-, que se habían ido al aeropuerto para regresar a España, cuando vieron por la televisión lo que estaba pasando, pidieron un taxi y volvieron a la estación. Fueron los primeros que me esperaban abajo al llegar a meta. Bajé de cine. Estuve a punto de caerme, pero me rehice. Según avanzaba, me daba cuenta de que era medalla, pero no sabía de qué color».

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Paquito marcó 53.91 en la segunda manga. Sumando las dos, su tiempo fue de 1:49.27. Gustavo Thoeni hizo 1:50.28 y Rolando Thoeni, 1:50.30:

«Cuando llegué, miré el marcador y vi que mi tiempo total era el mejor, sentí algo inmenso, inenarrable, único. Daba saltos, me reía como un loco, abrazaba a todo el mundo. Más tarde supe que había sido segundo en la manga, pero que, en el global, había metido más de un segundo a Thoeni. Pero es que yo llevaba, de verdad, la victoria en la cabeza. Y eso es definitivo. En los mundiales del 74, en Saint Moritz, conseguí bronce, pero bajaba tenso, atascado, sin soltura. Y yo me decía: tranquilo, Paco, tranquilo, suelta, desliza, suave, suave, déjalos... Nada, imposible. Quería y no podía. En Sapporo fue al revés, se me hizo corto: ¡lo que es el coco!. ¡Ah!, y nada de que al llegar casi me caí. Agaché el culo para meter todo el peso en los talones e impulsar mejor».

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Y Paquito fue campeón olímpico. Hacía cuarenta y cuatro años que España no subía a lo más alto del podio. Los dirigentes deportivos lloraban emocionados y saltaban como niños. El recibimiento en Barajas fue inenarrable. No se había visto nada igual. Y en Cercedilla. Y allá donde iba.

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L´Equipe tituló a toda plana: “Fernández: l’estocade”. Y eso fue. Una estocada hasta la bola de un muchacho de veintiún años que acudió a Sapporo con buenas credenciales, pero distendido, risueño y sin tener que justificarse ante nadie. El esquí en España no era apenas nada. Con Paquito fue el estallido. Jean Claude Killy se manifestó asombrado del éxito de aquel chico español. 

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En la ceremonia de concesión de medallas, Paquito lució la capa española: «No me arrepiento de nada. Lo haría todo igual. Todavía voy todos los años un par de veces a Japón y siempre llevo unas capas para regalar. La gente todavía se acuerda y me quieren. Aún sigo sacando rendimiento a aquella bendita medalla de oro».

Paquito mira como diciendo: ¿necesita algo más?. Ha vuelto la sonrisa. Habla de sus hijos, de cómo viven, de qué fácil lo tienen todo, tan al alcance de la mano. Asegura que no tiene apetencias de ningún tipo, aunque, si se lo propusieran, no le disgustaría hacer algo, muy en serio, muy profesional, muy planificado, para el esquí nacional. Añade que ni espera nada ni cree que nadie se acuerde de él para esa tarea. Cree en algunas cosas y no cree en otras. Como todos. Pero él tiene algo que no tiene nadie en el deporte español: una medalla de oro en esquí alpino. Y eso le hace único, diferente y extraordinario. Fue un día gélido, en una estación con vistas al mar del Japón, en Sapporo, hace veintisiete años. El día en que un mozo de Cercedilla dio la gran estocada.

 

(Juan Manuel Gozalo, en el recuerdo)

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