RECUERDOS DE ORO

El salto a la gloria de los jinetes de Amsterdam'28

José Álvarez de las Asturias-Bohórquez, José Navarro Morenés y Julio García Fernández conquistaron la gloria en Amsterdam. Se impusieron en el Premio de las Naciones por equipos. Así evocaron sus hijos la gesta de sus padres para el libro Españoles de oro.

José Álvarez de las Asturias-Bohórquez, marqués de los Trujillos, llevaba la equitación en la sangre. Con tres años, su padre, el duque de Gor, ya le montaba en poneys, y a los seis asistía a clases de equitación en un picadero de Málaga. Para explicar el origen de su vinculación a la hípica,  solía decir que empezó a montar porque toda su familia iba siempre a caballo. De Julio García Fernández, militar y jinete, decía su hijo José García Benavides, militar y jinete también, que su amor al caballo fue sólo comparable al amor por sus tropas. A José Navarro Morenés, conde de Casa de Loja, le llevaban un caballo al colegio de los jesuitas de Fuencarral, en Madrid, donde aprendió a montar saltando los bancos del jardín. 

Tres infancias a caballo, y una afición común que tuvo continuidad cuando decidieron cursar la carrera militar en caballería. En la Academia de Valladolid, Bohórquez aprendió de Federico García Balmori, un conocido maestro de equitación que introdujo en España el estilo italiano en la monta de concurso. Al final de su formación militar, envió un telegrama a su padre en el que exclamaba: "¡Viva España, soy el número uno en equitación!" En 1914, después de ser destinado en el Regimiento de Húsares de Pavía de Alcalá de Henares, ganó su primer concurso hípico oficial en Barcelona. Ingresó en 1916 en la Escuela de Equitación Militar. Comenzó a montar a Vendeen, con el que obtuvo numerosos triunfos y un récord de altura -2’20 metros- que mantuvo hasta 1948. 

En esa escuela coincidió con varios capitanes, entre los que se encontraba Julio García Fernández, hijo de un coronel de ingenieros. En la Academia de Caballería había obtenido el grado de teniente y había comenzado a participar en concursos. En 1917 ganó la Copa del Rey. En 1923, después de la guerra de África, fue a la Escuela de Equitación, por donde pasaban los mejores jinetes del país, entre los que estaba José Navarro Morenés. La equitación militar española tenía entonces un gran nivel internacional, y en el ámbito deportivo dio grandes frutos. Los tres militares, herederos de la tradición ecuestre de sus ilustres familias, no sabían que esa afición deportiva iba a conducirles al oro olímpico en 1928.

Las primeras salidas del equipo español de hípica se produjeron en 1920 y 1921 a Gran Bretaña, para competir en el Concurso Internacional del Olympia de Londres. A ese concurso acudieron Navarro y Bohórquez -conocido como Trujillos-, junto a Jurado y Gómez Acebo. Ganaron casi la mitad de los premios, en parte por la ausencia de caballos en Europa tras la Primera Guerra Mundial. En 1924, acudieron a los Juegos Olímpicos de París. Trujillos logró un discreto puesto en la prueba individual. Navarro Morenés quedó trigésimo, y por equipos se clasificaron octavos.

Los cuatro años siguientes fueron decisivos en sus trayectorias militar y deportiva. García Fernández comenzó a participar en carreras en el hipódromo de San Sebastián. Ascendió a capitán y se le concedió el puesto de profesor de la Escuela de Equitación. Corrió diferentes concursos nacionales e internacionales, además de carreras y de lo que hoy se llamaría Concurso Completo, que entonces se conocía como prueba de Caballo de Armas o de los Tres Días. En 1926 participó, junto al resto de jinetes, en una gira por varios países. Trujillos también recibió en la Escuela de Equitación la propuesta de ser monitor de la clase de exterior. En esas clases llevó a cabo el llamado “descenso de las cortaduras” de La Zarzuela: monitores y alumnos se lanzaban por unos barrancos de diferente inclinación -algunos de caída casi vertical-, con un pequeño lecho arenoso al final. La primera vez que bajó fue en 1927, y esos peligrosos ejercicios, en los que también participó Navarro Morenés, y que a veces presenciaba Alfonso XIII, pusieron más de una vez en juego su participación en los Juegos de Amsterdam. Por fortuna, Trujillos sólo sufrió un percance importante, que no le impidió seguir montando hasta la llegada de la competición olímpica.

«Mi padre tenía un estilo correcto, aunque también era agresivo en el sentido de competitivo: le gustaba ganar», dice Trujillos hijo. Felipe Navarro afirma que su padre lo hacía fácil: «Parecía que no se esforzaba, que lo hacía todo el caballo, pero el rendimiento del animal no era el mismo si era montado por otro». El hijo de García Fernández resalta, sobre todo, su carácter trabajador: «Siempre estaba preparando caballos, sin importar las condiciones meteorológicas; por otro lado, derivado de su faceta de jinete de pista, subordinaba todo a ganar, y como todo está inventado en hípica, además de montar bien, él añadía un punto de genialidad».

En estas condiciones de plenitud deportiva, García Fernández ganó la prueba de la Caza y el Gran Premio en Lisboa a lomos de la yegua Revistada, que dio muestras de su extraordinaria fuerza física. Al capitán le gustaban especialmente las yeguas, y con la suya ganó en Niza la Copa del Ejército Polaco. Trujillos y Navarro también triunfaron en la Copa de Niza. En Madrid, el equipo -que completaba el capitán Somalo- se impuso en la Copa de las Naciones. Se veía venir un buen resultado en los Juegos Olímpicos. Estaban muy bien técnicamente y su vida al aire libre les proporcionaba una inmejorable preparación física. Trujillos no se separaba de su tordo Zalamero, un caballo irlandés preparado por él y que era propiedad del Ejército, aunque, por deferencia de sus mandos, lo tenía en las cuadras de su casa en la calle Manuel Silvela de Madrid. Navarro Morenés repartía su tiempo entre su caballo Zapatazo, un portento de facultades físicas pero difícil de montar, y María Inmaculada Peláez, su prometida, con quien contraerá matrimonio unos días antes del inicio de los Juegos. Hará coincidir su viaje de novios con la competición. Su esposa y un primo estarán entre los pocos españoles que presenciarán desde las gradas la consecución del oro olímpico.

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Los Juegos se inician el diecisiete de mayo de 1928, pero la prueba hípica no se disputa hasta el doce de agosto, en la jornada de clausura. Ese día, la reina Guillermina de Holanda preside las competiciones en el Estadio Olímpico. Los Premios de las Naciones individual y por equipos de saltos hípicos son las últimas pruebas y se disputan de manera conjunta. Participan cuarenta y seis jinetes en representación de dieciséis países. Cada equipo está compuesto por tres jinetes, salvo Japón. El recorrido consta de dieciséis difíciles obstáculos, que intimidan a algunos competidores. Los favoritos son los suecos, que habían ganado sin oposición en los Juegos de Estocolmo en 1912, en los de Amberes en 1920 y en los de París en 1924. 

Se inicia la competición, y portugueses, franceses e italianos acumulan penalizaciones y se colocan con doce puntos. El equipo sueco se comporta mejor y suma diez puntos. Pero los tres capitanes españoles, Jose (Navarro Morenés), Truji (Álvarez de Bohórquez) y Pájaro (García Fernández) van a dar la gran sorpresa. Los rivales comienzan a vislumbrar un desenlace inesperado de la prueba cuando Trujillos, con Zalamero, termina el recorrido con una sola falta, un derribo de pies en una doble barra de 1’40x2 metros, que le resta dos puntos. “Me gustaba correr el primero, porque si lo hacía bien, pues bien, y si lo hacía mal, pues no había nada que hacer, pero lo que no me gustaba era la tensión de tener que esperar”, explicó Trujillos tiempo después en una publicación especializada.

Navarro Morenés, con Zapatazo, sale en segundo lugar. No debe cometer fallos... y no los comete. Completa un recorrido limpio, sin errores. Sobre García Fernández va a caer todo el peso de la responsabilidad. Pero es un competidor nato, y el equipo confía en su habilidad y su compenetración con su yegua Revistada. Sólo comete una falta, dos puntos de penalización. El equipo español suma cuatro puntos y se coloca en primer lugar. Pero todavía han de sufrir, ya que Polonia tiene sólo dos puntos, a falta de la participación de su último jinete. Falla en su último salto y es penalizado con seis puntos. El equipo español logra así la medalla de oro.

1928 1

El teniente coronel Sánchez Mesas, que además de jurado es el capitán del equipo, abandona su lugar para saltar a la pista y abrazarse con los ganadores. También los cuidadores de los caballos y el resto de jinetes españoles (Cavanillas, Jiménez Alfaro, Somalo, López de Letona) acuden a felicitarles. Luis Muro, el primo de Navarro, grita orgulloso desde la grada: “José, que soy tu primo...”. Los ojos de los militares se nublan de lágrimas. 

Décadas después de aquella gesta deportiva, los descendientes de los campeones olímpicos creen que aquel día arriesgaron, que se la jugaron en la pista. Pero también reconocen que les acompañó la suerte, porque los rivales fallaron más de lo esperado.

En la prueba individual, que gana el jinete checo Frantisek Ventura, Navarro Morenés queda en quinto lugar, Trujillos es décimo y García Fernández duodécimo. Los himnos nacionales checo y español son los últimos que se escuchan en el Estadio Olímpico. El presidente del COI, conde de Baillet-Latour, la reina Guillermina, la princesa Juliana y otros miembros de familias reales europeas y del cuerpo diplomático reciben a los vencedores en el palco, donde se celebra el acto de imposición de medallas. Los triunfadores de la tarde son los tres jinetes españoles. Trujillos es el primero que recibe la medalla, al ser el más antiguo del equipo.

Al día siguiente, Navarro Morenés escribe a su padre una carta que comienza así: “Querido papá: ayer, como sabrás por los periódicos, ganamos la Olimpiada, levantando la bandera española y tocando la Marcha Real por primera vez desde hace cuarenta años”. Explica después el desarrollo de la competición, y termina diciendo: “...y todos los demás equipos españoles que han venido a los distintos sports han hecho el oca”. Es decir, que no habían logrado medalla. Navarro celebró el oro viajando a Bruselas para hacerse un esmóquin en una de las mejores sastrerías de la ciudad. 

A pesar del éxito deportivo, nadie fue a recibir a los campeones olímpicos a Hendaya. Se cree que no hubo recibimiento porque el telegrama con la noticia de la victoria no llegó a tiempo al Ministerio de turno. Sólo el duque de Gor, padre de Trujillos, fue a la frontera, provisto de una caja de puros y una botella de champán. Al llegar a Madrid, tampoco hubo recibimiento popular ni celebraciones. Solo días después se celebró un pequeño homenaje en el hotel Ritz, al que asistió Alfonso XIII, el general Primo de Rivera y autoridades civiles y militares. Las palabras del rey fueron muy elogiosas hacia los jinetes, hacia el Ejército y hacia el arma de caballería. 

García Fernández siguió compitiendo, a la vez que compartía con el monarca la afición a los caballos y al polo. La proclamación de la República y la guerra interrumpieron su vida deportiva y militar, y después de 1939, regresó a la Escuela de Equitación. Siguió participando en concursos hasta su retirada en 1947, después de treinta y un años de actividad deportiva, en los que practicó doma, polo, enganche, salto y carreras. En 1958 fue nombrado general de división, y el Delegado de Deportes, José Elola Olaso, le nombró presidente de la Federación Hípica Española, cargo desde el que organizó la participación en los Juegos de Roma y Tokio. Murió en Madrid en 1969. 

Trujillos también siguió compitiendo, en liso y en vallas, acumulando más de cien victorias. Durante la guerra civil, le robaron la medalla de oro conquistada en Amsterdam. Fue presidente de la Sociedad de Fomento de la Cría Caballar de 1956 a 1976. Murió en 1993.

Al terminar la contienda, Navarro Morenés pasó a ser ayudante de Francisco Franco. Continuó con su afición a la hípica mientras iba ascendiendo en el escalafón hasta el generalato. Su hijo le recuerda como una persona «humilde dentro de su categoría, de pocas palabras y que no alardeaba de casi nada». Muy pocas veces narró a su familia la forma en que conquistó sus medallas olímpicas. Porque no logró una, sino dos. Después de recuperarse de un grave atropello que estuvo a punto de dejarle postrado en una silla de ruedas, consiguió subir de nuevo al podio en 1948, en los Juegos de Londres, donde España logró la plata en el Premio de las Naciones por Equipos. Navarro Morenés, que montaba a Quorum, fue el primer deportista español con dos medallas. Después sufrió otro accidente y se retiró. A partir de 1958 ocupó la jefatura de la Casa Civil de Franco hasta 1972. Nunca perdió su sentido del equilibrio, hasta el punto de que, con sesenta y cinco años, según recuerda su hijo, se atrevió a hacer esquí acuático en el pantano de San Juan «y no se cayó». Murió en 1974.