XXV AÑOS DE BARCELONA'92

La gloria olímpica, en la última flecha

Un día como hoy, 4 de agosto, de hace veinticinco años, el tiro con arco español logró su única medalla de oro olímpica. Fue en la competición por equipos, y se decidió en el último lanzamiento.

Solo ellos saben lo que de verdad les costó. Alfonso Menéndez, Juan Carlos Holgado y Antonio Vázquez coinciden en que su medalla de oro fue posible porque lograron superar una durísima preparación, un calvario de obligado cumplimiento si uno quiere ser campeón olímpico. Durante dos años, lanzaron trescientas flechas diarias cada uno, en sesiones de lunes a sábado. En total, unas doscientas cincuenta mil flechas.  

«No fue fruto de la casualidad», dice Alfonso Menéndez (Avilés, 31 de mayo de 1966), y es obligado creer a este asturiano que aprendió a tirar con arco a los diez años. Con trece, su padre le preguntó si estaba dispuesto a seguir con ese deporte. La respuesta fue afirmativa. Ya por entonces, a finales de los años setenta, Menéndez tenía un ídolo: el finlandés Tomi Poikolainen, medallista de oro en Moscú. 

El también asturiano Antonio Vázquez (Aller, 26 de enero de 1961) se aficionó al arco a la vez que recuperaba varias asignaturas de bachillerato. Entró en contacto con Menéndez en 1979, e intensificaron su relación a partir de 1982. Vázquez compitió en Moscú (puesto 29 en la clasificación final) y en Seúl (32 en individual y 17 por equipos, junto a Manuel Jiménez y Juan Carlos Holgado). 

Juan Carlos Holgado (Dierdorf, Rheinland-Pfalz, Alemania, 16 de abril de 1968) se inició con su padre, que era arquero aficionado. A los nueve años se trasladó a Cáceres, y aquel juego infantil comenzó a convertirse en deporte. En 1986, con dieciocho años, fue becado por el CSD. Fue el primer deportista de tiro con arco que entró en la Residencia Blume. A la vez inició estudios de INEF. Se proclamó campeón de España al aire libre en los dos años siguientes, y en 1988 acudió a Seúl: «Mi puesto en individual, el cincuenta y dos, fue irrelevante en comparación con la experiencia que adquirí». 

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(Foto: Web de Juan Carlos Holgado)

De cara a Barcelona, España no tenía posibilidades de medalla en la modalidad individual. Por eso, la planificación y el esfuerzo colectivo se centraron en la modalidad por equipos. En aquel momento, era más factible conjuntar un equipo de tres buenos arqueros que lograr un arquero excepcional. Por eso, se comenzó a trabajar con un grupo amplio. «El plan ADO fue fundamental para conseguir el oro, porque nos permitió dedicarnos a la preparación a tiempo completo», dice Holgado. Cuando Holgado y Menéndez, que estudiaba informática, se encontraron en la Blume, Antonio Vázquez era aún empleado fijo de PRYCA. El entonces Secretario de Estado para el Deporte, Javier Gómez-Navarro, viajó personalmente a Asturias para convencerle de que abandonase su puesto de trabajo en el supermercado. Su presencia en Madrid era imprescindible.

En enero de 1990, Vázquez, un arquero que se ha había hecho deportista, se unió a Menéndez y Holgado, deportistas que tiraban con arco. Eran tres personalidades distintas, tres maneras diferentes de comportarse frente a la diana. Vázquez tenía un talento natural, era capaz de hacer fácil lo difícil. Era el más rápido, el que tiraba en último lugar, el que proporcionaba tranquilidad cuando había problemas de tiempo. Menéndez siempre se definió como un currante, con un estilo muy adecuado para condiciones de viento, que complementaba con una buena preparación física. Holgado era el más competitivo. Su actitud era idónea para momentos difíciles, para situaciones de alto componente táctico. Eran tres diamantes en bruto que necesitaban un entrenador. Se decidió entonces la contratación de Victor Sidoruk, que llegó a Madrid en junio de 1990. Había sido campeón del mundo, y como entrenador había fabricado otros dos. Las convulsiones políticas de la extinta Unión Soviética le habían afectado de lleno, estaba enfrentado a las autoridades deportivas de un país que se desmoronaba y necesitaba una motivación para seguir en el deporte de alta competición. Era un trabajador nato, que encontró esa motivación en el contrato que le ofrecieron en España.

Sidoruk comenzó a trabajar con un grupo de diez arqueros, del que saldrían los tres que iban a representar a España. La prueba-test celebrada en Barcelona no fue alentadora. Sidoruk comprobó que los arqueros españoles estaban bajos técnicamente. Se marcó la tarea de exprimir al máximo sus posibilidades durante dos años. Dos años que fueron durísimos. Los arqueros no se entendían con él, y él no se adaptaba a España: «El traductor no expresaba lo que él quería decir, no nos llegaba su mensaje; por eso, creamos una jerga de ruso-español que solo entendíamos nosotros», recuerda Vázquez. «Es verdad que llevábamos retraso respecto a otros países, pero el problema era de mentalidad, porque Víctor, que era militar, aplicaba el ordeno y mando, sin complicidad, como si fuera el Ejército ruso», añade Holgado. Menéndez matiza: «Yo me entendía mejor porque teníamos la misma forma de ver el entrenamiento».

Con Menéndez trabajó para resolver su defecto de esquema motor, su forma de anclar, la colocación de la cuerda, la apertura de la flecha, la postura de los pies. «Víctor intentó un cambio técnico en mi forma de lanzar, y además, quería que lo asimilase de forma automática», aclara. Con Vázquez trabajó la fuerza y la resistencia, su preparación física -«aprendí a nadar, que no sabía»-. Con Holgado trabajó en la mejora de sus fundamentos técnicos (puntería, posición del tronco y los brazos) y de su disciplina individual. No entrenaban menos de seis horas diarias. Había jornadas en que lanzaban flechas en dos sesiones de cuatro horas, tanto en el campo de la Federación como en una sala alquilada. Eran ocho horas de entrenamiento especializado, de preparación física y de recuperación, un trabajo a conciencia, aunque tanto tiempo juntos provocó algunos problemas de relación: «Si entrenábamos mal, Víctor estaba una semana sin hablarnos, o eliminaba el día de descanso para seguir entrenando», coinciden. Aplicó métodos muy estrictos para conseguir su objetivo, y el ambiente se tensó. «Echábamos en falta un intermediario, porque Víctor se ponía nervioso; creo que el fin no justifica los medios, y considero que el sistema que nos impuso fue innecesario para una preparación olímpica», dice Holgado. Menéndez discrepa: «No coincido con Juan Carlos, y a las pruebas me remito. A mí me vino muy bien; de ser preparador pasó a ser primero amigo y después maestro». Vázquez tercia: «Había que entender el entrenamiento como lo entendía él y no era fácil. Siempre estábamos en tensión, presionados para conseguir las marcas, y hubo que aprender a soportar su genio; los choques y los roces fueron frecuentes en esos meses de convivencia larga».

En el Mundial de Cracovia (Polonia), poco antes de los Juegos, Vázquez fue vigesimosexto en individual. Por equipos no entraron en las calificaciones. Aunque los resultados demostraban que el nivel había mejorado, Sidoruk se enfadó: «Pagamos el pato del proceso de adaptación, hicimos muchas tonterías; Víctor estaba muy nervioso, y nosotros, arrastrados, pasados de preparación», recuerda Vázquez. La ayuda del sofrólogo Mariano Espinosa y de Alberto Muñoz, psiquiatra de la Blume, fue clave. Espinosa trabajó con Holgado y Vázquez -«sin él no lo habría soportado»-, y Muñoz con Menéndez: «El trabajo fue de percepción y control corporal, relajación, control del tempo, concentración del tiempo pasado para mejorar el control», recuerda Menéndez. Aprendieron a controlar la respiración, a mantener la calma ante eventuales estados de pánico. También ejercitaron las visualizaciones de gestos técnicos con los ojos cerrados, así como la adquisición del esquema motor a base de hacer funcionar la cabeza. El objetivo final era controlar los nervios, eliminar la ansiedad. Trabajaron la actitud de competición, en la que hay que controlar los pensamientos, mantener la concentración, no despistarse con cuestiones sin importancia. Menéndez quiere destacar también el trabajo realizado por Francisco López, su preparador físico en la Blume: «Ha sido uno de los mejores entrenadores de atletismo, fue preparador físico del Real Madrid de baloncesto durante los años dorados de la sección. Estuve con él doce años, y para mí fue un maestro, me formó físicamente y fue una referencia de la que aprendí mucho. Creer en él y en Víctor y seguir sus enseñanzas me hizo crecer como deportista y como persona».

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(Foto: Web de Juan Carlos Holgado)

Menéndez, Vázquez y Holgado fueron los tres seleccionados para el equipo olímpico. «Fue selección natural, fuimos los que aguantamos al ruso: el resto se cansó, se aburrió o se lesionó», dice Vázquez. Habían dedicado 1991 al trabajo técnico, y 1992 se destinó a competir, a conjuntarse, a perfeccionar sus posiciones, al trabajo táctico. En enero, los malos resultados del Mundial les dejaron fuera del Plan ADO. Sin beca y sin trabajo, creían haber perdido el tiempo. «Gómez-Navarro nos salvó, confió en nosotros y seguimos adelante», recuerdan. Se decidió que el equipo participase en el Torneo de las Naciones, en vísperas de los Juegos. Era la última posibilidad de demostrar su valía, y la aprovecharon. España quedó segunda, detrás de Corea. Vázquez consiguió el récord del mundo en 30 metros. En el Europeo de Malta, lograron el cuarto puesto. Comenzaron entonces a considerar la posibilidad de un buen resultado, incluso el podio, «aunque la mayoría no confiaba en nosotros», señala Vázquez. 

Dos meses antes de los Juegos, pisaron por primera vez el campo de Vall d’Hebrón, aunque no entrenaron en las pistas olímpicas porque no se había plantado aún el césped. Realizaron un control de resultados descorazonadores: «El campo era muy incómodo, se formaban imprevisibles remolinos de aire», recuerda Vázquez. Un mes antes, pasaron cuatro días familiarizándose con el escenario: «No es cierto que estuviéramos un año entrenando allí, como se dijo fuera de España; siempre entrenamos en Madrid, y solo esas dos veces en Barcelona; era un campo difícil, había que conocerlo, y además, el viento que vimos durante las comprobaciones no tuvo nada que ver con el de la competición», dice Holgado. Pero ya no había tiempo. Llegaba el momento de ver si la exigencia de Víctor, y las doscientas cincuenta mil flechas disparadas -hubo días en que lanzaron seiscientas seguidas- habían servido de algo. En aquellos días previos, el Rey acudió a presenciar un entrenamiento: «Le enseñamos el funcionamiento del arco, y yo le dije: Majestad, es nuestro talismán; si viene el día de la competición, seguro que sacamos medalla», recuerda Holgado, especialmente afortunado aquel día en los lanzamientos.

Las horas principales del día se dedicaban a visitar el campo, realizar planteamientos de grupo, etc. Después, necesitaban disponer de tiempo libre. La Villa Olímpica no era un paraíso para los arqueros, que compartían habitación. Menéndez se evadía nadando o estudiando informática. Holgado visitaba a otros deportistas, acudía a competiciones de atletismo o baloncesto, paseaba por el puerto o por Montjuic. Vázquez no podía dormir a causa del calor y la humedad, y solo conciliaba el sueño acostándose en el salón o la terraza. De la ceremonia de apertura, a Menéndez y Vázquez les quedó la imagen de la entrada en el estadio y el encendido del pebetero: «Antonio Rebollo usaba un arco que no era de competición, sin visor». Aquel lanzamiento de gran belleza plástica con el que España sorprendió al mundo fue una premonición.

La competición de tiro con arco era realmente difícil, con temibles rivales como el francés Sébastien Flute, que se proclamó campeón olímpico individual. El mejor en esa modalidad fue Vázquez, que terminó en el puesto 18, su mejor actuación personal. Menéndez, que finalizó en el puesto 42, tres por delante de Holgado, reconoce: «La presión nos pudo; por eso íbamos con una rabia tremenda, teníamos ganas a todos en la competición por equipos».

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(Foto: "Españoles de oro" / COE)

El 4 de agosto, despiertan con la moral alta: «Habíamos preparado la competición concienzudamente y amanecimos con una actitud muy positiva», señala Holgado. Menéndez estaba ya repuesto de había una bronquitis que había mermado su rendimiento individual. Contra Dinamarca vencen por un margen estrecho (233-230) después de un enfrentamiento igualado. Les anima la idea de que, con esa victoria, además de pasar a la siguiente ronda lograban diploma y cumplían con el objetivo ADO. Las aspiraciones van a más cuando ganan en la ronda de cuartos por nueve puntos (238-229) a la Confederación de Estados Independientes, la antigua Unión Soviética, campeones de Europa y favoritos: «Tenían un equipazo, aunque se despistaron, quizá con el viento», recuerda Vázquez. «Eran tres top de élite mal compenetrados», añade Holgado. Los españoles comienzan a soñar. Tienen confianza. Hablan mucho. Controlan las flechas, el tiempo y los marcadores. En el otro cuadro de la competición, Francia elimina a Corea, otro de los conjuntos favoritos, un resultado sorpresa que tardan en conocer porque Sidoruk les ha llevado a un lugar aparte para aislarlos del público, realizar ajustes y evitar su desconcentración. 

Aunque están en semifinales, al técnico no termina de convencerle el rendimiento del equipo. Por eso decide un cambio táctico que será decisivo para el desenlace de la competición. El orden habitual de lanzamientos era Holgado-Menéndez-Vázquez. Contra Gran Bretaña, Sidoruk cambia el orden, que pasa a ser Menéndez-Holgado-Vázquez. En la semifinal se imponen al equipo británico después de sufrir mucho. En la primera serie van por detrás a causa de los problemas causados por el viento, pero tres dieces de Vázquez sentencian su pase a la final (236-234).

El 4 de agosto de 1992, el calor aprieta en Vall d’Hebrón. El rival de España es Finlandia, que ha eliminado a Francia en la segunda semifinal. El equipo finlandés está compuesto por Ismo Falck, de veinticinco años, Jari Liponnen, de diecinueve, y Tomi Poikolainen, de treinta, el bombero de Helsinki a quien Menéndez admiraba de pequeño. ¿Era el equipo español mejor que el finlandés? Holgado cree que la diferencia estaba en que España apostó por formar equipo tres años antes. Vázquez cree que los finlandeses «tenían mejor equipo, pero metieron un cuatro en la primera flecha, mientras que Alfonso logró un diez; esa fue la diferencia». Holgado añade: «Hicimos nuestros puntos, los mismos que hacíamos entrenando». Falck acusa los nervios en la primera serie y España toma ventaja. Tras las nueve primeras flechas, les separan ocho puntos. 

Los finlandeses van a remolque, están desconcertados. Apuntan teniendo en cuenta las modificaciones del viento, que les juega malas pasadas. El equipo español compite muy concentrado. Ve cerca la medalla y se relaja, aunque Vázquez matiza: «Éramos plata segura, pero yo no pensaba en el oro y seguía haciéndolo como sabía». Su ventaja se reduce. Ahora son los españoles quienes se ponen nerviosos. Finlandia, con todo perdido, lanza con más tranquilidad y regresa a la lucha por el oro. Poikolainen marca dos dieces consecutivos. Es un momento de tremenda presión. España va ahora muy apurada porque Menéndez ha perdido tiempo. Cuando llega el turno de Vázquez solo quedan treinta y ocho segundos. El ovetense no conoce la situación del marcador. Solo sabe que tiene que seguir lanzando con regularidad. Le quedan tres flechas, las que van a decidir el oro. 

Con la primera marca un nueve. A falta de quince segundos le quedan aún dos por disparar. Menéndez controla el tiempo e indica a Vázquez cómo va el tiro. Holgado mira la puntuación y guarda silencio. Cualquier cosa puede perturbar a Vázquez. Pero el ovetense logra otro nueve. Finlandia está a dos puntos. Los espectadores siguen la competición a través de los marcadores. Corre el segundero. Aún queda un último disparo. Con un seis, España pierde el oro, y con un siete empatan. Vázquez lanza a falta de un segundo. En el momento en que sus dedos sueltan el cable tensado y sienten el click, en el suspiro que tarda la flecha en atravesar setenta metros y alcanzar el blanco a una velocidad de 180 km/h., finalizan dos años de esclavitud y comienza su gloria.

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(Foto: Web de Juan Carlos Holgado)

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(Foto: Web de Juan Carlos Holgado)

Menéndez es el primero en ver cómo la flecha se clava, nuevamente, en el número 9. «Tiró las tres flechas como solo él sabe hacerlo, al amarillo», dice Holgado. «Fueron las tres juntas, a la izquierda de la diana», recuerda Vázquez con la misma precisión con la que las lanzó. ¿Qué pasó por sus mentes en esas décimas de segundo que duró el vuelo de aquella última flecha? Nada. Tal es la concentración y el control del ritmo de competición. Vázquez no sabía la situación del marcador. Holgado creía que la prueba aún continuaba. Solo Menéndez, al ver al público en pie, comprobó que habían logrado el oro. España había ganado a Finlandia por 238 a 236. 

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(Foto: "Españoles de oro" / COE)

Tras sus iniciales gestos de sorpresa, llegan los abrazos con las familias, los entrenadores, el redoble de tambores de los amigos, la alegría de los espectadores. «El abrazo con mi padre fue el momento más emocionante», dice Menéndez. Un periodista presta un teléfono a Vázquez y habla con su madre, que ha seguido la final por televisión. Tras el control antidopaje, se celebra la ceremonia de entrega de medallas. Llega el Rey, que viene de las pistas de tenis: «Recuerdo que exclamé: ¿No se lo dije, Majestad? Y Don Juan Carlos me contestó: ¡Vaya la que me habéis montado, ahora tengo que ir a todas las competiciones!», recuerda Holgado. Vázquez y Holgado no tienen a mano la equipación oficial de calle, por lo que reciben la medalla con la misma ropa que han usado para competir. Además, van sin afeitar, con la media barba que les protegía de la irritación de piel que provocaba la humedad de Barcelona.

Por la tarde, ya en su apartamento, Sidoruk les agradece entre lágrimas la consecución del objetivo, abre una botella de vodka y hace brindar y beber a los tres arqueros, que hace meses que no beben una gota de alcohol. Por la noche se celebra una gran fiesta con barbacoa, a la que acuden todos los competidores. Los nuevos campeones olímpicos declaran a los medios informativos que la clave ha sido su regularidad y tener menos fallos que los rivales. Pasados los años, reconocen que también les acompañó la suerte. Aunque no se descartaba que España alcanzase el podio, no eran mejores que Corea o Rusia, que ni siquiera llegaron a semifinales. Pero la competición olímpica es así. 

Aquella medalla de oro fue un paso importante para el tiro con arco, aunque España no ha vuelto a cosechar medallas. El trío de arqueros de oro tampoco pudo repetir aquel excepcional resultado. La Federación prescindió de Sidoruk después de Barcelona. Menéndez se retiró en diciembre de 1995, tras lograr el bronce en los Juegos Mediterráneos, «ante la falta de perspectivas de poder defender el título en Atlanta con unas mínimas garantías; viniendo de ser campeón olímpico, no estaba dispuesto a ir solo por ir; participar en unos Juegos es lo máximo, pero en nuestro caso éramos los campeones vigentes y no podíamos, bajo mi punto de vista, ir solo a participar». Vázquez acudió a Atlanta (eran sus cuartos Juegos) aunque casi de manera testimonial. Quedó en el puesto 60 en individual. 

El tiempo ha pasado, pero parece como si el reloj de sus sentimientos se hubiese detenido en aquella última flecha que lanzó Vázquez. «La medalla está en el corazón; sentí una gran paz interior, me sentí recompensado por los malos momentos, por el esfuerzo realizado; el entrenador cubano de voleibol me decía que hasta que no pasasen diez o quince años no sabría qué es una medalla olímpica; y es así, ahora me doy cuenta de lo que fue aquello», reconoce Menéndez. Desde su retirada no ha disparado una sola flecha. Sus dos hijos y su trabaj en la gerencia del Club Natación Santa Olaya de Gijón ocupan todo su tiempo. «Fue algo inolvidable, veo el vídeo y me emociono, me gusta recordarlo; para llegar a eso hay que trabajar mucho y muy duro; cuando la gente gana no es casualidad», dice Vázquez, quien, al finalizar su vida deportiva se instaló en Ibiza, donde entrena a jóvenes arqueros. Juan Carlos Holgado ha seguido vinculado como técnico a la élite mundial del tiro con arco. Ha trabajado en las Federaciones Española, Española de Minusválidos Físicos y Madrileña y, desde hace unos años, en la Federación Internacional, con sede en Lausanne.

(*Este texto formó parte del libro "Españoles de oro. Cien años de medallas olímpicas" (COE, 1998), escrito por Juan Manuel Gozalo y Fernando Olmeda, y revisado para el libro "Españoles de oro. Deportistas que hicieron historia en un siglo de olimpismo en España" (COE, 2012), editado en el centenario del Comité Olímpico Español)