jueves 22.08.2019
RECUERDOS DE ORO

Indurain: correr para ganar

En su mente estaba ganar el sexto Tour consecutivo, pero una "pájara" se lo impidió. Miguel Indurain decidió entonces que , aprovechando su estado de forma, competiría en la contrarreloj individual de los Juegos de Atlanta'96. Preparó la prueba olímpica como cualquier otra de la temporada profesional... y la ganó. Así lo contó en el libro Españoles de oro.

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Existen dos tipos de hombres muy difíciles de encontrar: los que dan mucho y los que piden poco. He tenido suerte. El hombre que tengo ante mí, que me mira y esboza una media sonrisa y que presta una atención permanente a lo que le digo, es de los que dan mucho. Amable y dispuesto, como siempre, por primera vez no escucho lo de “para hablar de la medalla, tenemos que retrotraernos unos años atrás”. No. El navarro, ganador de cinco Tour de Francia, dos Giros, un Mundial contrarreloj, decenas de carreras y una medalla olímpica de oro, se quedó clavado en 1996, porque además de aquella hermosa medalla, ese año marcó definitivamente su vida.

De la trayectoria deportiva de Miguel Indurain (Villava, Navarra, 16 de julio de 1964) se sabe casi todo. Segundo de cinco hermanos de una familia de agricultores, con diez años le regalaron una bicicleta de segunda mano para recorrer los veinte kilómetros que separan Villava de Alzórriz, el pueblo de su madre. Con once tuvo su primera bicicleta de carreras con la que en 1975 participó en una carrera de alevines en la que terminó segundo. A la semana siguiente, en su segunda carrera, consiguió su primera victoria. A partir de 1976 empezó a correr en el Club Ciclista Villavés. Dicen sus biógrafos que aprendió de chaval la lección del sufrimiento. Un profesor de gimnasia le explicó que el gran atleta norteamericano Lee Evans, oro en los 400 metros en los Juegos de México, decía que el secreto de su éxito consistía en ser capaz de soportar un dolor más grande que los demás. El boxeador Cassius Clay dijo lo mismo cuando le preguntaron dónde comenzaba su autentico entrenamiento: “Cuando, después de hacer footing durante varios kilómetros, las piernas me pesan una tonelada y el aire no me llena los pulmones, sigo corriendo tres kilómetros más. Esos tres kilómetros son el auténtico entrenamiento”, respondió el de Louisville. No sé si Miguel grabó en su mente esa filosofía, pero quienes le conocen bien saben de su profesionalidad, de su entrega absoluta y de su capacidad para sufrir sobre la bicicleta a lo largo de toda su carrera: «Hice lo que pude, y siempre tuve muy claro que tenía que luchar contra más de ochenta kilos y casi metro noventa de estatura». En 1982 entró el equipo filial de Reynolds. Dejó los estudios y se dedicó al ciclismo. El primer año fue de adaptación. En su segundo año en la categoría consiguió sus primeras grandes victorias: el campeonato de Navarra y el de España de ciclismo aficionado. El año lo terminó con una victoria en la Vuelta a Salamanca donde además ganó una etapa. Ya era por entonces una de las más firmes promesas del ciclismo español.

Poca gente sabe que, antes de competir en Atlanta'96, Miguel ya había sido olímpico. A mediados de 1984, antes de fichar por su primer equipo profesional y tras completar diecinueve victorias en aficionados, fue seleccionado para participar en los Juegos de Los Ángeles'84, que por entonces disputaban corredores no profesionales. Por aquel entonces era un desconocido, un chaval de veinte años con sueños de gloria que ni siquiera terminó la prueba de ruta: «En Los Ángeles éramos amateurs. No llegamos en condiciones, no estábamos centrados. El ambiente fue muy bonito, pero los resultados fueron malísimos. Fuimos a la aventura». Siempre, con su plural mayestático. "Hicimos", "fuimos", "corrimos"... Miguel ha creado escuela, ha impuesto un estilo.

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Su debut como profesional con el equipo Reynolds se produce el 7 de septiembre de ese año. A partir de ahí, las fechas clave de su trayectoria están en la memoria de todos: su primera gran victoria, el Tour del Porvenir de 1986; su victoria en la París-Niza de 1989 (primer español que lo lograba); su confirmación como ciclista de alto nivel en el equipo Banesto en 1990; su primer Tour, en 1991; su primer Giro en 1992 (primer español que lo ganaba); su segundo Giro y tercer Tour en 1993 (primer corredor de la historia en conseguir dos dobletes Giro-Tour consecutivos); su récord de la hora el 2 de septiembre de 1994 en Burdeos (53,040 kilómetros), aunque sólo lo mantuvo dos meses, porque fue batido dos meses después por el suizo Toni Rominger (55,291 kilómetros)... En 1995 renunció a participar en la Vuelta -como venía siendo habitual-, pero renunció también al Giro, variando su planificación con el objetivo de llegar a la ronda francesa en la mejor forma posible. Y lo logró: ganaba su quinto Tour, igualando a Jacques Anquetil, Eddy Merckx y Bernard Hinault, aunque había sido el único que lo había conseguido de manera consecutiva hasta esa fecha. Consagrado en 1995 como uno de los mejores ciclistas de todos los tiempos, al final del año se preparó en Colorado para asaltar un triple objetivo: los Mundiales de contrarreloj y de ruta, y el récord de la hora. Ganó con facilidad el primero en un duro circuito entre las localidades colombianas de Tunja y Paipa. En la prueba de ruta, en el también durísimo circuito de Duitama, Miguel fue plata, por detrás de Abraham Olano. En cambio, la fatiga acumulada durante la concentración en altitud en Colorado y las malas condiciones del velódromo de Bogotá le obligaron a suspender el intento de batir el récord de la hora. La insistencia de sus directores para que realizara un nuevo intento en Cali provocó sus primeras diferencias con la cúpula del equipo. El médico, Sabino Padilla, le apoyó y se desvinculó del equipo, trabajando exclusivamente para él a partir de entonces. 

Así las cosas, su gran meta en 1996 era ganar su sexto Tour consecutivo. No preparó los Juegos de Atlanta. Preparó su cuerpo y su mente para ganar la ronda francesa. Casi su única meta, aquel año. Nada extraño, por otra parte. Venía haciéndolo así. El ciclismo es un deporte distinto. En muchas facetas, sintió aquel año la presión de tener que acudir a los Juegos, pero nadie como él para asumir esa carga lógica, ese peso añadido, y digerirlo, repartirlo en su entorno y trabajar en serio en sus proyectos. Los que él se marcaba. Cuando, en un encuentro casual con un grupo de doctores en medicina deportiva españoles en un aeropuerto suizo, el presidente del CIO, Juan Antonio Samaranch, aludió al posible interés de Miguel Indurain por los Juegos, Sabino Padilla dejó claras las prioridades de aquel para aquel año. Fue claro y rotundo. Lo que de verdad le interesaba era ganar el sexto Tour consecutivo. Casi todo lo demás le traía sin cuidado. Era así, y era comprensible. Y todo el mundo lo entendía. Habría significado romper todas las barreras, todos los historiales, todo lo que había sido el ciclismo desde su nacimiento. Habría significado algo único, irrepetible, portentoso. Superar el umbral del genio, al que ya había llegado, para ser más que nadie, y alcanzar en solitario el Olimpo ciclista: «La verdad es que sí, que el Tour era mi gran meta aquel año, pero también es cierto que fue un año muy extraño. Preparé todo muy bien, pero el agua que cayó y el frío que pasamos en Holanda los primeros días, me hicieron muchísimo daño. Yo no tenía tomada una decisión sobre los Juegos, porque todo lo que hacía, todo el trabajo, iba encaminado exclusivamente al Tour. Por lo tanto, no sabía cómo me encontraría al final de la carrera y con qué sensaciones y fuerzas para acudir a los Juegos. Lo que no quería era estar allí solo por estar. Si decidía participar, era para ganar algo, porque si no, mejor me quedaba en casa antes de decepcionar a nadie. Así he actuado siempre y así pensaba entonces».

Realizó una preparación idéntica al año anterior, que incluía no participar en el Giro. Ganó la Vuelta al Alentejo, la Vuelta a Asturias, la Bicicleta Vasca y la Dauphiné Libéré, y se presentó en el Tour como favorito. En la primera etapa de montaña, con final en Les Arcs, sufrió un desfallecimiento en los últimos kilómetros que le alejó del resto de favoritos. Mostró síntomas de recuperación en las otras dos etapas de los Alpes, pero no consiguió arañar tiempo. El 16 de julio, en la primera etapa pirenaica camino de Hautacam, intentó resistir los ataques de Bjarne Riis, pero acabó pagando el esfuerzo y perdió definitivamente sus opciones: «Desde que agarré aquella impresionante pájara en Les Arcs, donde prácticamente perdí el Tour, sólo pensaba en recuperarme. Atlanta era algo lejano y muy improbable en las condiciones en que me encontraba. Pero poco a poco fui sintiéndome mejor, nunca muy bien, y en la contrarreloj del Tour en Saint Emilion, donde quedé segundo tras Ullrich, pensé que quizá podría hacerlo bien en Atlanta. Tomé la decisión de ir a los Juegos dos días antes de terminar el Tour. Fui porque quería ganar y me sentía con capacidad para intentarlo». 

Después de cinco años consecutivos, había quedado undécimo en la ronda francesa, pero al llegar a París se encontraba bien. Los Juegos, que habían incluido en el programa la contrarreloj individual, eran una oportunidad de oro para el navarro, especialista en la lucha contra el cronómetro, que le había deparado grandes éxitos en el Tour: «Después del disgusto del Tour, sólo estuvimos dos días en Pamplona y nos marchamos a Estados Unidos. Viajamos unos días antes para aclimatarnos, llevamos material específico. Vivíamos en un hotel a cuarenta kilómetros de Atlanta. De los Juegos no nos enteramos de nada. Pero todo fue mucho más profesional, más medido. Íbamos a por la medalla. La verdad es que aquellos días, antes de la prueba, se hicieron muy largos. Resultó más agradable porque nos llevamos a la familia. Salíamos a hacer compras y lo pasábamos lo mejor posible, dentro del plan de trabajo previsto. Lo cierto es que allí estábamos en plan concentración total. Teníamos invitaciones para acudir a ver otros deportes, pero no fuimos a ningún sitio. Tampoco tuvimos problemas con la comida. Recuperar, recuperar, esa era la obsesión».

El 31 de julio, disputa la prueba en ruta, en la que, por primera vez son admitidos los ciclistas profesionales. Cinco corredores por nación disputan la victoria sobre un trazado de 221,85 kilómetros. A pesar de su palmarés, Miguel no es un especialista en clásicas ni un gran esprinter. A treinta y tres kilómetros de la llegada se escapan el suizo Pascal Richard, el danés Rolf Sörensen y el británico Max Sciandri, que entran en este orden en meta. Melchor Mauri es sexto e Indurain vigesimosexto.

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El 3 de agosto se disputa la contrarreloj, sobre una distancia de 52,200 kilómetros: «Hubo que cambiar el material. La humedad era muy alta y el día de la carrera llovió al principio. Había un par de repechos. Pero en el mismo circuito se había corrido días antes la prueba en línea, y conocíamos perfectamente el trazado y sus dificultades. Probamos desarrollos, elegimos la bicicleta adecuada. Sabíamos perfectamente lo que teníamos que hacer. Y lo hicimos».

Así de fácil, así de sencillo: Lo hicimos, y ya está. Quizá una buena parte de su éxito haya sido precisamente eso: ser frío, o aparentemente frío, saber calcular, leer las carreras, ajustar el programa a las necesidades de cada momento, atacar en el momento oportuno y no dejarse llevar por la euforia del éxito, cuando el mundo se rendía ante él, ni por el desánimo cuando aparecía la terrible cara de la derrota. Seguro de sí mismo, con un aplomo sorprendente, no alardea de nada ni pretende convencer a nadie. Es así de sincero: «Tenía metida en la cabeza la duda de lo que pasó en el Tour. No encontrábamos la causa. Pero en Atlanta nunca me comí el tarro, ni me puse especialmente nervioso -sería la primera vez- ni sentí una tensión o una preocupación especiales. Pensé que podía hacerlo bien, y así salí. Si todo iba bien, pues bien, y si salía mal, pues mal. Yo iba con todo lo que tenía. Preparé Atlanta como otra contrarreloj cualquiera. Salió bien y ya está».

Le tocó salir el último y ganó, con un tiempo de 1:04:05. Abraham Olano, a doce segundos, conquistó la plata, y el británico Chris Boardman, a treinta y un segundos, el bronce: «Estuvimos mucho tiempo esperando para que nos impusieran las medallas. Recuerdo que el Rey me llamó por teléfono. Se lo agradecí mucho. Luego nos quedamos por allí un par de días más, estuvimos viendo la maratón, y regresamos».

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«Nunca he expresado ni las alegrías, ni las tristezas en exceso. Pero debo reconocer que gané el oro y fue diferente. No lo valoré entonces como hice más tarde, porque ser campeón olímpico no tenía una especial importancia en el ciclismo profesional. En aquel momento, lo único que pensé es que se arreglaba un poco la temporada. Luego lo valoras mucho más, cuando observas la importancia que le dio la gente». Así es Miguel. Y así es su preocupación por los premios conseguidos por ganar aquella medalla de oro: «No sé si se cumplió todo lo que prometieron, y no lo sé porque no me preocupaba en absoluto, pero imagino que sí, que todo lo que dijeron que iban a dar, lo dieron. No era prioritario para mí». Es obvio que no tenía las mismas necesidades que otros deportistas. «Lo importante era ganar, y ganamos; en serio, lo de las primas no tenía interés para mí, ni siquiera me acuerdo de las cantidades que daban por las medallas». 

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El doblete español en Atlanta fue muy valorado por los aficionados españoles, pero en aquel momento se estaba más pendiente de la continuidad de Miguel en el pelotón profesional, y de su rendimiento en la Vuelta a España. Su retirada en la etapa de los Lagos de Covadonga era el final de su trayectoria. Dudó entonces si retirarse o intentar el asalto al sexto Tour. No podía despedirse con un abandono, y además mucha gente le animaba a seguir para ganar el sexto. Cada día que pasaba le resultaba más difícil ver con claridad cuál era el mejor camino a seguir. En doce años como ciclista profesional, había tenido grandes satisfacciones por los triunfos logrados, pero también le había costado mucho esfuerzo y sacrificio. Seguir estando al máximo nivel le exigía mucho, y cada año que pasaba le resultaba más difícil conseguirlo. Lo pensó, y finalmente decidió retirarse del ciclismo profesional pocos meses después. Primero haciéndoselo saber a su familia, después a los directores de Banesto, y finalmente con un comunicado público en un hotel en Pamplona el 2 de enero de 1997. Era una decisión larga y profundamente meditada: «Estuve unos días de vacaciones, en los que ni pensé en el asunto, y cuando volví a casa, empecé a pensar en el futuro. Incluso hice unos kilómetros de entrenamiento para ver qué sensaciones tenía y con qué ganas de seguir sufriendo en la bicicleta estaba. Tomé la decisión de dejarlo sólo un par de días antes de comunicarlo oficialmente en rueda de prensa, aunque le di muchas vueltas. En la decisión final hubo de todo un poco: catorce años de profesional, muchas carreras, mucho trabajo y, la verdad, el gusanillo lo tenía quemado. Hay quien cree que no preparé bien el Tour del 96, pero no es cierto. Lo preparé muy bien. Lo que sucede es que en el ciclismo hay unos plazos inexorables. Es durísimo: primero, hasta que llegas a un nivel, y luego, mantenerlo durante cinco o seis años. Algo debe pasar cuando el sexto Tour se resiste a caer. Debe ser que en el quinto está el límite que la naturaleza permite por ahora».

Miguel, que se había casado en 1992 y que había tenido un hijo en diciembre de 1995, pensaba que ya había dedicado el tiempo suficiente al ciclismo de competición. Había llegado la hora de dejarlo. La hora de dedicarse a otras cosas. Intentó ganar el Tour con todas sus fuerzas y no lo consiguió. El oro de Atlanta era el broche ideal para su carrera, en la que, además de sus cualidades como ciclista, se admiró su fair-play en carrera. Miguel es un referente para deportistas y para el conjunto de la sociedad española.

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«De Atlanta guardo un recuerdo imborrable. Todo fueron facilidades. Nos lo dieron todo. Nos trataron muy bien. Acudí sin presión ninguna, y todo resultó tranquilo y muy agradable. Fue un buen colofón a mi carrera. Tengo la medalla bien a la vista en casa, y sé lo que significó lograrla». Miguel Indurain. Historia viva del deporte. Pero sigue siendo el mismo. El mismo que aquel que nos regaló el inmenso placer de sus victorias. Habla lo justo, dice lo que piensa y solo cabe la duda de si es también lo que siente. Pero quizá esa duda nunca será despejada del todo. No lo hará él, ni nadie de su entorno, ni, por supuesto, sus biógrafos. Pertenece a esa clase de hombres tan difíciles de encontrar: los que dan mucho y piden poco.

(*El texto ha sido escrito a partir de la conversación mantenida por Juan Manuel Gozalo con Miguel Indurain durante el Tour de Francia de 1999)

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