RECUERDOS DE ORO

La proeza de las 'niñas de oro' en Atlanta'96 (2)

Segunda parte del relato de la consecución de la medalla de oro en gimnasia rítmica, modalidad de conjuntos, en Atlanta'96. Así contaron las seis campeonas su ascenso a la gloria para el libro Españoles de Oro.

Comenzaron a vivir la experiencia en el avión, donde coincidieron con otros deportistas, como los componentes del equipo de fútbol, los más solicitados para autógrafos y fotografías. De la ceremonia de inauguración, a todas les ha quedado grabada la bajada al estadio: «Ver a todo el mundo aplaudiendo cuando dábamos la vuelta y pensar que no lo veíamos por televisión, sino que estábamos allí, fue emocionante; estábamos idas», evoca Tania. Estíbaliz y Nuria recuerdan el vértigo al enfrentarse a la plataforma de bajada: «La rampa resbalaba y nosotras, con los tacones; pensamos que íbamos a bajar rodando». Tania no olvida la desorganización al terminar la ceremonia: «Todos los deportistas salieron a la vez, nosotras nos perdimos, los autobuses iban repletos, luego tuvimos que andar muchísimo, nos dolían los pies por los zapatos de tacón que nos pusimos y terminamos descalzas».

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En los días previos a la competición entrenaron siete horas diarias. Solían llegar las primeras a las salas, antes incluso que sus principales rivales, rusas, búlgaras y bielorrusas. Bielorrusia era el equipo que más gustaba a las españolas. Se conocían de vista, aunque no hablaban con ellas. Se produjo entonces una situación que pudo ser clave a efectos de mentalización. En aquellos entrenamientos en Atlanta, el equipo fallaba mucho. Al principio lo achacaron a la temperatura y al cambio de horario, pero luego comenzaron a preocuparse. «Lo habíamos hecho mil veces y fallábamos; no era real», recuerda Estela. “Entrenamiento malo, competición buena”, se decían para levantar el ánimo. Pero hubo incluso reuniones para analizar lo que estaba ocurriendo. Al presenciar un par de salidas de tapiz cada día, quizá las gimnastas rivales pensaron que España no estaba en un momento óptimo de forma. «Igual fue bueno que nos vieran los fallos», dice Estíbaliz

Además de esos desajustes técnicos, tuvieron que luchar contra las condiciones ambientales de la pista central, cuyo aire acondicionado afectaba al vuelo de las cintas. También tuvieron problemas con las medidas de los palos de las cintas. La excitación y el nerviosismo subían a cada minuto. «María estaba cada vez más histérica; nos dijo que o nos poníamos las pilas o no pasábamos a la final», dicen a coro. Nuria matiza: «Tampoco fallábamos tanto, sólo queríamos que nos dejasen». De nuevo  el trabajo psicológico de Amador Cernuda fue fundamental. Cuatro días antes de la competición, el conjunto volvió a funcionar como el cuerpo técnico esperaba.

La competición consistía en ejecutar cada día dos montajes con uniformes distintos. España no usó el color amarillo por la superstición de Emilia Boneva. El 1 de julio de 1996, actúan ocho equipos, de los que pasan seis a la final. España abre la competición. Solo desfila Lorena Guréndez porque las titulares están calentando: «Lo pasé mal al ver el pabellón, y yo allí sola rodeada del publico y las rivales, me sentí muy pequeña». Marta está empapada de sudor y tan nerviosa que tiene problemas para ponerse el primer maillot, fucsia y verde con lunares. Las gimnastas salen atenazadas por la responsabilidad. Comienza a sonar West Side Story, melodía elegida como guiño al público americano. Realizan un ejercicio frío pero bueno. Los lanzamientos son simétricos, simultáneos, altura y recogida iguales. Su buena sincronización se confirma con la nota: 10 en composición y 9’500 en ejecución.

Para el ejercicio de cintas y pelotas eligen música española y mono fucsia y blanco. Estela es la primera que pisa el tapiz: «Me sudaban las manos al sujetar la pelota; al hacer los equilibrios se me caía, me agarraba al suelo con la punta de los dedos». Están más tranquilas que en el debut, aunque preocupadas por los fallos: «Al principio no pensaba, estaba como mecanizada, pero según pasaba el ejercicio aumentaba la tensión hasta el último equilibrio, en el que te temblaba todo», explica Nuria; Marta confiesa: «Mi mayor problema era el elemento en cascada, a la hora de recoger de espalda el aro». Es el turno de Estela: «Tenía miedo a lanzar la cinta y que hiciera movimientos que no controlaba, aunque la parte intermedia del baile me proporcionaba algo de seguridad de cara a los elementos fuertes finales». Pero quien falla en ese ejercicio es Estíbaliz, que no cierra a tiempo las piernas para recoger la pelota; ya en aros había tenido alguna indecisión. Aún así, el resultado final es sobresaliente: 9,966 en composición y 9,500 en ejecución. Al finalizar la primera jornada son segundas en la clasificación, a cincuenta milésimas de las búlgaras, y se han metido en la final. 

Nadie fue capaz de dormir aquella noche. Estíbaliz acudió a la habitación de María y Emilia para que la tranquilizasen. Lorena tampoco podía ahuyentar de su cabeza la imagen del fallo: «Había que visualizar que hacíamos bien los ejercicios, pero yo no podía». Por su cabeza pasaron mil pensamientos. Estaban angustiadas, y temían estar cansadas en la jornada decisiva. Por su cabeza pasaron mil pensamientos. 

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A la mañana siguiente, se levantan a las diez, realizan un desayuno-comida y acuden al pabellón. Además de mucha moral, llevan sus bolsas de la suerte: fundas de pelotas de terciopelo granate con las iniciales de cada una bordadas por la madre de Nuria, pines, muñecos, búhos de la suerte (los favoritos de Emilia Boneva), monedas, camisetas usadas... Marta ha dejado en la habitación su lata con pequeños amuletos y las fotos de su hermano y otra de su madre, que ha besado antes de salir. Pero guarda un secreto. 

Salvo Tania, las gimnastas están bastante nerviosas, como recuerda Estíbaliz: «Estábamos picadas en los ejercicios previos, nos decíamos unas a otras que nos estábamos lanzando fatal». Les sobreviene de pronto toda la tensión, y Marta, la capitana, alerta a María Fernández de que algo está pasando. La entrenadora intenta rebajar la tensión de aquel momento en el que seis muchachas de dieciséis años podían conseguir la primera medalla de oro olímpica en gimnasia. «Nos dijimos que éramos las mejores, que todo iba a salir perfecto, y que si fallábamos teníamos que seguir con la mejor de nuestras sonrisas», rememora Marta

Amador les dice que saluden al público, que piensen en naranja, que están capacitadas para hacerlo, que están preciosas... Respiran hondo y salen al tapiz. Vestidas con maillot naranja y verde atraviesan lo que conocen como el “corredor de la muerte”. En el ejercicio de aros, anotan 19,483 puntos y se colocan en cabeza por delante de Bulgaria (19,416). Emilia no les dice la nota, pero Nuria, que termina ahí su participación olímpica, conoce el dato por televisión: «Estaba histérica porque no podía decir nada a mis compañeras». Se retiran al vestuario a cambiarse. Marta ve muy probable el podio, y muy cerca el oro. Esa proximidad le hace ponerse a llorar. 

En el último montaje de pelotas y cintas, las chicas visten mono rojo con mangas de lunares negros sobre fondo blanco. Son apenas tres minutos de actuación. En el pabellón, aparte de las gimnastas de la modalidad individual y los representantes de la delegación, apenas hay un puñado de compatriotas. Desde España, se siguen sus evoluciones con el corazón en un puño. Cualquier mínimo fallo las deja sin la medalla de oro. Sin embargo, van ejecutando correctamente cada lanzamiento de pelota, cada movimiento de cinta. Van sorteando los riesgos como saltan jinetes y caballos los obstáculos de una carrera. La ejecución es muy buena y conforme corren los segundos se sienten más seguras, aunque Nuria tiembla junto al tapiz cuando Lorena salva, por los pelos, el “cometa” y las dos volteretas posteriores.

Llega, por fin, el momento clave. Estela debe lanzar la pelota a Estíbaliz, y la vitoriana -que es la más lenta del equipo- sólo tiene que cogerla sentada en el suelo; después, han de correr unos segundos hasta redondear el ejercicio. Estela se siente segura, aunque nunca sabía muy bien cómo iba a ir el lanzamiento: «Era una distancia que no terminaba de controlar y además se cruzaba Lorena por delante; o salía perfecto o era fallo seguro». Estaba en lo cierto, porque su lanzamiento va más largo de lo calculado. Sin embargo, se produce el milagro, que describe así Estíbaliz: «Al ver la pelota como unos veinte centímetros más lejos de lo normal, pensé un instante que nos quedábamos sin medalla; no sé cómo lo hice, pero me estiré más larga de lo que soy y conseguí atraparla; nunca estuve más rápida en mi vida». Para el gran público, es una recepción estupenda. Pero realmente Estíbaliz tenía que recibir la pelota en su regazo, y la atrapó en el aire como un portero de fútbol. «Lo pasé fatal porque se veía claramente que iba mal», recuerda Nuria. Tania añade: «Fue más difícil, más bonito».

Consiguen un 10 en composición y un 9,450 en realización. España es, en ese momento, medalla de oro. El desenlace final de la competición ya no depende de ellas. El equipo marcha a vestuarios. Las entrenadoras piden prudencia y paciencia, pero no es posible con adolescentes que rompen a llorar. Nadie atiende la actuación de los equipos búlgaro y ruso. Las búlgaras no superan la nota del conjunto español. Minutos después, Almudena Cid, componente del equipo, entra llorando y anuncia que las rusas han fallado. Después de unos segundos de incertidumbre, se conoce la nota, peor que la de los equipos español y búlgaro. Las bielorrusas, que cierran la competición, cometen fallos en un su ejercicio y quedan relegadas al sexto lugar. España logra 38,933 puntos. Bulgaria se queda con 38,866 (a 67 milésimas) y la Federación Rusa 38’365.

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Una hora después reciben las medallas. Las españolas salen con un maillot azul que había causado algunos problemas relacionados con el patrocinio. Antes de enfilar el tapiz, Marta descubre su secreto: de la cinturilla extrae un broche de Santa Marta, patrona de Villajoyosa, con el que ha competido. Los ¡olés! de las gradas contrastan con la seriedad de las gimnastas de Europa del Este. Las rusas están enfadadas y las búlgaras no saludan. Las españolas están emocionadas. «Cuando miras cómo izan la bandera española, pasan por tu cabeza los entrenamientos, tu casa, todo», dice Marta. Estíbaliz contiene la emoción, mientras Nuria ríe. Por el rostro de Tania caen dos lágrimas. En la retransmisión televisiva se ve cómo sus compañeras le dicen que deje de llorar, pero la vitoriana responde que no puede. 

Usan teléfonos móviles como el de Colomán Trabado para llamar a sus padres. Celebran el oro comiendo helados de todos los sabores, cereales, muesli, etc. Se reúnen en una habitación y comunican con España a través del programa de radio de José María García. Dedican las medallas a sus familias, y comparten el triunfo de manera muy especial con Maider Esparza, gimnasta navarra que había vivido la preparación preolímpica con ellas, como una integrante más del equipo, pero había quedado como suplente. La Federación tuvo la deferencia de llevarla a Atlanta y pudo asistir a la competición.

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Estíbaliz y Tania piensan que aquella experiencia deportiva les hizo ser más responsables: «Con quince años te haces mayor antes de tiempo,  y eso sirve para la vida, porque convives con gente diferente y te ayuda a conocer más a las personas». Estela admite que «la medalla sirvió a nivel personal pero al retirarme me di cuenta de las dificultades a la hora de moverme, de hacer algo». Marta sentencia: «Tuve mucha suerte por estar allí, por hacer realidad mi sueño».

Disfrutaron mucho después de Atlanta con los reconocimientos recibidos y con las exhibiciones que ofrecieron, pero aquellos meses soñando con el oro les pasaron factura. Estíbaliz siguió arrastrando problemas de menisco, se operó dos veces y terminó retirándose en abril de 1997. Su adiós coincidió con las de Estela y Marta. La madrileña también fue operada de rodilla y no se recuperó a tiempo para disputar el siguiente campeonato de Europa. En 1999 participó como invitada en un programa deportivo de TVE, y a partir de ese momento inició su trayectoria como presentadora de programas de televisión. Marta también se despidió de la competición en abril de 1997. Un club de gimnasia y unas instalaciones deportivas de Villajoyosa llevan su nombre.

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Tania se retiró en diciembre tras ser excluida del equipo por estar por encima del peso exigido. En abril de 2008 publicó el libro Lágrimas por una medalla -escrito junto a la periodista Cristina Gallo- en el que cuenta su experiencia como deportista de élite. Nuria y Lorena siguieron en activo después de Atlanta. Obtuvieron buenos resultados con nuevas compañeras, entre ellos la medalla de oro lograda en el Mundial de Sevilla en tres cintas y dos aros. La extremeña se retiró en 1999. Sus primeros años no fueron fáciles: «Eres pequeña por dentro, y cuando sales ves el mundo real y necesitas ayuda; nadie te entiende, tus amigos son distintos, estás desorientada porque es un cambio enorme, da rabia y pena que se te pase por la cabeza si todo esto ha merecido la pena; ni aprovechamos la medalla, quizá por ser muy jóvenes, ni nos aprovechan; habría que mirar más por los deportistas, porque sales y no tienes nada; nadie te regala nada, nadie se acuerda de ti a pesar de ser campeona olímpica; desde luego que ha merecido la pena, por todo el sacrificio, pero lo hemos dado todo y deberían agradecerlo más».  Un pabellón deportivo lleva su nombre. La vitoriana participó en los Juegos de Sydney, pero el equipo no logró entrar en la final. Se retiró en 2000. 

Durante años, cada 2 de agosto las seis gimnastas se han reunido para recordar su hazaña olímpica. En esas ocasiones, preferían no sentarse a ver el vídeo de la final, porque temían que les sobreviniese un llanto colectivo, quizá tan armónico como lo fue su victoriosa coreografía sobre el tapiz. Aquellas niñas de Atlanta se han convertidas en mujeres prematuramente adultas, con responsabilidades profesionales, familiares o empresariales. Les separan la geografía española y los diferentes senderos que han decidido recorrer. Pero, cuando se reencuentran, sienten -aunque sea un instante, unas décimas de segundo equivalentes a ese último lanzamiento que milagrosamente llegó a las manos de Estíbaliz en la final de Atlanta- que nada ha ocurrido en sus vidas desde entonces.