RECUERDOS DE ORO

La proeza de las 'niñas de oro' en Atlanta'96 (I)

Se jugaron el 'todo o nada' en el último lanzamiento de pelota. Cuando Estíbaliz Martínez vio que el 'balonazo' de Estela Giménez era más largo de lo previsto, se puso a temblar. Por su cabeza pasaron sus dieciséis años, dedicados por entero a la gimnasia. Pudieron perderlo todo en un segundo. Pero Estíbaliz no falló. Así me contaron las medallistas del conjunto de rítmica su triunfo olímpico para el libro Españoles de Oro.

Dos años antes de Atlanta'96, el sexteto prácticamente ni se conocía. Habían coincidido en concentraciones o en campeonatos de España con los clubes donde practicaban la gimnasia. Estíbaliz Martínez (Vitoria, 9 de mayo de 1980) conocía a Tania Lamarca (Vitoria, 30 de abril de 1980) porque eran del mismo club, el Beti Aurrerá. Lorena Guréndez (Vitoria, 7 de mayo de 1981) estaba en el club Oskitxo. Nuria Cabanillas (Villafranca del Penedés, Barcelona, 9 de agosto de 1980) vivía en Badajoz, donde se habían instalado sus padres cuando ella tenía un año y medio, y entrenaba en el Club Gimnasia Badajoz. Marta Baldó (Villajoyosa, Alicante, 8 de abril de 1979) acudía cada tarde con su padre al Club Montemar de Alicante, que también frecuentaba Estela Giménez (Madrid, 29 de marzo de 1979).

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Formaban parte del grupo de gimnastas elegidas por la Federación para formar un equipo competitivo de cara a los Juegos. En el invierno de 1994, fueron llegando al chalé de concentración de Madrid. Para algunas, aquel cambio de vida no fue fácil: «Llamé a mi madre porque estaba triste, sola y sin apoyo», recuerda Marta, que entró para individual; «cuando comencé a relacionarme con María Pardo llamé de nuevo para decir que todo iba bien, que me quedaba». A otras, como Nuria, no les costó tanto: «Estaba acostumbrada a vivir fuera de casa; además, mi sueño era estar ahí». Este grupo de adolescentes tuvo que aprender a convivir con adultos, con desconocidos. Pasaron muchos meses bajo el mismo techo, sometidas a un estricto régimen alimenticio, que, años después, siguen recitando casi de carrerilla: de desayuno, zumo de naranja, queso fresco con miel y leche con cereales; de comer, pasta, ensalada o legumbres, más carne o pescado a la plancha y fruta; y en la cena, croquetas y empanadillas para quienes no tenían problemas de peso, o fruta y yoghourt para las gimnastas con más tendencia a engordar. Algunas, como Marta, a veces no cenaban: «Al no cenar, rebajabas peso y entonces podías comer fritos». Aún conserva sus “libros de los deseos”: los álbumes de etiquetas de productos, tanto de los que probaban como los que no probaban: «Éramos un poco masoquistas, se nos hacía la boca agua con aquellos alimentos soñados». Para Nuria, los lunes eran los peores días.

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Sus oscilaciones de peso tras el fin de semana le pasaban factura. Lorena, sin embargo, tenía que comer bastante porque le faltaba peso. Vivían cada día pendientes de Emilio, el nombre de la báscula, una denominación heredada de equipos anteriores. «Me acuerdo de esa báscula, que estaba en el salón», explica Estíbaliz; «y lo recuerdo porque lo primero que hacíamos al levantarnos a las ocho era ir a pesarnos; luego, a desayunar, a cambiarnos y a entrenar; regresábamos, dejábamos la mochila en el salón, comíamos, descansábamos el tiempo asignado hasta el último segundo, cogíamos la malla, nos peinábamos, a la furgoneta otra vez, a entrenar por la tarde, regreso, cena y a dormir; todos los días igual». Aquel ritmo de vida era invariable, inflexible: «Para no perder tiempo salíamos del Moscardó deprisa, tal y como estábamos», explica Tania. Al principio entrenaban en el gimnasio cinco o seis horas diarias de lunes a sábado, que subieron a ocho horas en los últimos meses: «Los domingos íbamos a La Vaguada porque era el único sitio abierto; dábamos vueltas, comprábamos cosas, y no hablábamos de gimnasia, sino de otras cosas, sobre todo de qué íbamos a hacer después de los Juegos, después de que nos retirásemos». 

Para poder dedicarse íntegramente a la preparación, tuvieron que dejar los estudios: «Sacrificamos todo por la gimnasia, pero mereció la pena; pensamos que podíamos retomar los estudios más tarde, mientras que, o participábamos en esa Olimpiada, o nunca más podríamos hacerlo», dice Tania. Estíbaliz añade: «Después de entrenar, lo único que apetecía era dormir, no estudiar». Les gustaba coleccionar pegatinas, confeccionar cuadernos, escribir cartas. De vez en cuando recibían la visita de sus familiares. Solo abandonaron una vez la concentración, la Nochebuena de 1995. En Nochevieja ya estaban de nuevo concentradas en Granada: «Aquel día se nos saltaban las lágrimas, desesperadas como estábamos por tanta concentración», recuerda Estela. A Nuria le quedó la imagen de Marta llorando porque echaba de menos a la familia, mientras veían por televisión Sonrisas y lágrimas. En Granada apenas podían salir del hotel por la abundancia de nieve. Tampoco era cómodo usar el teléfono, porque la línea solía estar saturada.

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En su plan de trabajo se fijaba el número de montajes o enteros sin caída o sin fallos que debían completar cada día. Por ejemplo, cinco enteros sin caídas por la mañana, y ballet o enteros con nota por la tarde. María Fernández actuaba como juez y penalizaba el trabajo como si fuese una competición. Hasta que no lograban un mínimo prefijado de enteros, no terminaban de entrenar. Si ejecutaban, por ejemplo, dieciocho enteros y no les había salido, podían seguir repitiendo hasta cuarenta sin lograrlo. «En esos momentos era cuando más unidas nos sentíamos, cuando tenías que salir adelante y trabajando todas a la vez, porque siempre alguna fallaba», recuerda Tania. Estela reconoce que ella fue la responsable de hacer repetir muchos enteros: «Era vaga y rebelde pero nunca me lo echaron en cara». Lorena añade: «Sí, se ponía cabezota y queríamos estrangularla». Dicen que la entrenadora, Emilia Boneva, sabía separar muy bien trabajo y convivencia personal. «Era una entrenadora que sabía trabajar con seres humanos, dura pero que sabía comportarse y tratar a los deportistas como personas», dice Estela. Tania añade: «Sin ella y sin María no habríamos conseguido nada; tenían personalidades diferentes pero sabían perfectamente lo que querían». Según Nuria, «entendía muy bien a cada una, su veteranía fue clave, dábamos todo por ella». 

Quizá echaron de menos algo más de sensibilidad, que se rebajase un poco la tensión de conseguir el objetivo a toda costa. Toma la palabra Nuria: «Surgían problemas nuevos, de peso, de cambio corporal, nos hacía falta ayuda, y más a esa edad, cuando creemos que todo lo que hacemos está bien; María quería ser entrenadora de un equipo campeón olímpico, y con nosotras lo consiguió». El psicólogo, Amador Cernuda, alivió en muchas ocasiones la lógica presión que recaía sobre aquel grupo de adolescentes. A él recurrían para desahogarse, para consultarle, para hablar. A fin de rebajar la presión, a veces el equipo técnico no se daba por enterado de las veces en que las gimnastas sobrepasaban la hora fijada para irse a dormir. «Yo andaba con cuidado porque mi habitación estaba al lado de la de Emilia», dice Tania. A la mañana siguiente, la disciplina regresaba a sus vidas.

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Así era el trabajo de aquel grupo de chicas, unidas por la música de Sorotan Bele, el grupo favorito de Estíbaliz, que terminó gustando a todas. Un grupo unido también en los malos momentos, cuando por la mente de alguna de ellas pasaba la idea de abandonar. «A veces lo decíamos, pero en el fondo no lo sentíamos, nos motivaban los Juegos; en la cama pensábamos que estábamos trabajando por algo y a la mañana siguiente volvíamos a entrenar», evoca Estela. Marta quiso marcharse cuando la pasaron de individual a conjuntos, pero sus padres le aconsejaron que no se precipitase y acabó quedándose: «Me dio un bajón y estuve a punto de dejarlo; luego me alegré de quedarme, en conjunto te sientes más arropada». Estela también estuvo a punto de abandonar: «Mi madre habló con las entrenadoras; nadie me obligaba a estar allí, pero mi madre sabía que me gustaba: si llega a venir a por mí, luego habría tenido mono». Solo María Pardo renunció. En Francia, a solo unas semanas del comienzo de los Juegos, se bloqueó en un ejercicio de aros y tiró la toalla. «María pensó en nosotras, fue muy buena compañera porque pensó que su inseguridad no debía perjudicar al conjunto», explica Tania. Nuria añade: «Puede ocurrirle a cualquier, con tanta presión vas a por todo». Ante esta contingencia de última hora, el equipo técnico decidió modificar la composición del equipo. Estíbaliz, que era suplente en aros, pasó a ser titular, y Lorena ocupó su lugar como suplente, siendo titular en cintas y pelotas. Según Lorena, «era muy difícil ser suplente, porque tenías que saberte las cinco posiciones, y te exigían en todas como si fueras titular; tenía quince años y sabía que era casi imposible ser titular, lo veía inalcanzable, pero trabajé con mucha ilusión; aquellos días pasaron volando, tengo pocos recuerdos porque tenía mucho que aprender y ni me di cuenta de lo que pasaba». En dos meses sufrió muchísimo para conseguir estar al mismo nivel del resto. Nuria, suplente en cintas y pelotas, coincide: «Cuando no eres titular tienes que estar preparada para cualquier cosa». Como consecuencia de ese cambio de posiciones aumentó también la responsabilidad de Estíbaliz, que además arrastraba una lesión de menisco: «Uno de los días más tristes fue cuando regresó de hacerse la resonancia magnética y supimos que estaba lesionada», recuerda Tania. Si hubiese pasado por el quirófano, Estíbaliz no habría tenido tiempo de recuperarse para los Juegos. La decisión técnica fue un acierto. Muy pronto el equipo alcanzó un nivel óptimo. En junio, en el Mundial de Budapest, fueron plata en la general y oro en cintas y pelotas.

Formaron un equipo muy completo. Definidas por ellas mismas, Nuria era “una máquina, muy trabajadora”; Lorena, “muy técnica”; Tania, “muy constante”; Estíbaliz, “muy tranquila”; Marta, “muy rápida”, y Estela, “muy positiva”. Estaban dispuestas a pelear el oro a las rusas y a las búlgaras, las grandes favoritas.

(Continúa aquí)