Carolina Rodríguez, la despedida soñada

Carolina Rodríguez se despidió de la gimnasia rítmica con un meritorio octavo lugar en la final individual. El diploma olímpico recompensa los veintitrés años de dedicación al deporte de alta competición.

 

Era la más veterana de las diez participantes en la final individual de los Juegos de Rio, en la que había entrado el día anterior por méritos propios. Y no solo eso. Era la finalista de más edad de la historia de los Juegos Olímpicos. Carolina Rodríguez creía que la clasificación del día anterior iba a ser su despedida del tapiz, pero se obró el "milagro". Logró un séptimo puesto que le permitía disfrutar unas horas más del deporte al que ha dedicado su vida. Las juezas recompensaron la expresividad y el oficio de esta leonesa que desde pequeña tuvo que aprender a comunicarse con sus padres, sordos.

"Cuando aún no dominaba el lenguaje de signos, para decir que me dolía la barriga tenía que exagerarlo mucho y al final se convirtió en algo innato"

Después de su operación de tobillo, no esperaba ni volver al más alto nivel ni estar en una final olímpica. Pero sus expectativas se habían cumplido con creces. El deporte, a veces, recompensa el infinito sacrificio, la entrega sin límites, la pasión. 

Cualquier puesto era mejor que el decimocuarto logrado en Londres (había sido séptima en Atenas'04 con el conjunto español). Pero, ya metida en la final, su objetivo no era otro que estar entre las ocho mejores.

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(Foto: RFEG)

Y su sueño se hizo realidad. Poco importó que, en la última rotación, se le cayese una maza. Después de una dignísima actuación, terminaba en octavo lugar. Lejos de las mejores, pero donde ella quería.

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Mientras esperaba la última nota de su vida como deportista olímpica, se enfundó una camiseta con la frase "Los sueños se hacen realidad".

"Probablemente esté más feliz que las que se han subido al podio. Me sabe a medalla. Me he entregado en cuerpo y alma a este deporte toda mi vida y creo que este es el mejor fin que podía tener un deportista. Me quedo con esto. Necesito saborear este momento"

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La leonesa dice adiós a la gimnasia olímpica de la misma manera que empezó. Acompañada por Ruth Fernández, la entrenadora que la descubrió de niña, con la que comenzó a entrenarse en el crucero de una iglesia abandonada.

Gracias a sus éxitos, su ciudad natal dispone con un centro de tecnificación para este deporte. Ahora, la gran Carolina regresa a su vida sencilla en León. Junto a sus padres. Sin viajes ni campeonatos ni más sacrificios físicos. Enseñando a las nuevas generaciones la belleza de la gimnasia rítmica.