Marcus Cooper: "Sentí que mi vida cobraba sentido”

Al cumplirse un año de su medalla de oro en Rio'16, el piragüista Marcus Cooper recuerda para Tribuna Olímpica cómo fue aquella final que le catapultó a la gloria.

Marcus Cooper lleva un año subido a una nube. Una nube que no le inquieta y que no le ha hecho cambiar en lo personal. Una nube que, sin esperarlo, le llevó a pasar de ser un desconocido a ser la persona más admirada -por un día- en nuestro país y uno de los referentes en su deporte a día de hoy .

El martes 16 de agosto de 2016 conseguía la medalla de oro en su estreno en unos Juegos Olímpicos con solo veintiun años. “No me esperaba llegar a lo más alto con solo veintiun años, todavía lo estoy intentando asimilar”, reconocía horas después de conseguir lo que muchos no esperaban. Sus saltos en el podio eran la exteriorización de una hazaña que por dentro todavía no se terminaba de creer. Este mallorquín de Oxford no tenía en mente alcanzar lo más alto tan pronto. Ni siquiera tras firmar una brillante semifinal veinticuatro horas antes. Aunque no se descartaba para nada. Lo advirtió en sus redes sociales tras pasar a la final: “Mañana no descarto nada, mi objetivo es claro: hacer el mejor 1000 que he hecho en mi vida, luego, al llegar a meta, veremos cómo ha ido la cosa”.

Un año después de aquel día, le es difícil definir qué sensaciones pasaban por su cabeza en las horas previas a la prueba: “Era una mezcla de nervios, tranquilidad, satisfacción, poderío, ambición, presión… Solo pensaba en hacer bien mi trabajo, para lo que llevaba tanto tiempo entrenando. No quería pensar en los rivales, solo en mi carrera”.

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(Fotos: COE)

Comenzó bien la final. Sereno, desde el canal séptimo de la laguna Rodrigo de Freitas, salió decidido a alcanzar las primeras posiciones desde el comienzo. Prueba de ello es la marca de los primeros 250 metros, por donde pasó en segunda posición, sólo por detrás del portugués Pimenta, que llevaba uno de los carteles de favorito. Con el paso de las boyas, parecía que el mallorquín era el único incapaz de esquivar el cansancio. Fue superado por adversarios físicamente fuertes como Anoshkin, Steward o Holten, y así hasta pasar el parcial de los 500 metros: Quinto, a casi tres segundos del lanzado Pimenta. El portugués parecía que había puesto el piloto automático y que sólo era cuestión de contar brazadas para colgarse el oro. Sin embargo, el punto de inflexión llegó cuando giró la cabeza y a su derecha se encontró con el australiano Steward. El de Durban apretó y comenzó una fuerte oposición que obligó al luso a tener que exprimirse al fondo. Esa batalla la acusó y le llevó a un ajustadísimo cuarto puesto. 

Marcus, sin embargo, aprovecharía esa batalla de los cuatro primeros para iniciar su proeza. “Comenzar bien una prueba te posiciona en un buen lugar y eso te dará mayor confianza y ventaja. Pero enseguida debemos gestionar la prueba porque llega la fatiga. Ahí se saca a relucir lo entrenado”.

Pasando por los últimos 250 metros en quinta posición, apretó como hasta entonces no había hecho. Aprovechando el cansancio del ya descartado Pimenta y el desgaste de Anoshkin y Steward, el único oponente improvisado que separaba al español del oro era el checo Dostal. En una espectacular arremetida, Marcus consiguió dejarle atrás en los últimos cincuenta metros y la ventaja todavía le permitió evitar la última palada para girarse y darse cuenta de que había conseguido su primer oro casi de casualidad.

La primera reacción de Marcus al cruzar la línea de meta fue totalmente natural, propia de alguien que expresa de forma totalmente improvisada lo que siente. Él mismo reconoce que “no sabía ni cómo celebrarlo” porque “no estaba preparado para ello, no me esperaba ganar”. No obstante, un año después recuerda “un golpe en el pecho, una especie de euforia. Como si mi vida ya hubiese cobrado sentido”.

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“Tenía mil cosas en la cabeza y mil cámaras apuntando a mi cara. Tenía ganas de salir del agua y abrazar a mi gente”, confiesa el palista. En tierra, cerca del podio estaba su madre, Fiona Walz, que demostró la tópica confianza que toda madre tiene en su hijo: “No me sorprende en absoluto, es un campeón nato”. Su hermana Leila, un apoyo incondicional, no pudo desplazarse hasta Río por motivos de trabajo y con lágrimas en los ojos celebró la victoria desde Mallorca.

Para quien fue una victoria especial fue para su primer entrenador, Joel Badía. El mismo que fue incapaz de atender a los medios durante las horas siguientes. La emoción le pudo y hasta el día siguiente no atendería a las llamadas de la prensa. “Estuve emocionado durante toda la tarde, no podía ni hablar, me quedé alucinado”, reconocía al día siguiente en los micrófonos de Deportes COPE Mallorca.

Marcus recuerda con ciertos lapsos la felicitación de su entrenador, fruto de la mezcla de sensaciones que le invadieron en ese instante: “Cuando hablé con Joel no me acuerdo al detalle. Sólo me acuerdo de que me dio la enhorabuena de una manera que parecía que había estado conmigo en la misma piragua. Lo vivió tanto como yo y espero que se diera cuenta de que el camino hacia esa medalla empezó con él”.

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El palista del RCN Portopetro recuerda con emoción la que define como “mejor carrera de su vida”, pero sin desviar su atención hacia su próximo objetivo: las pruebas K4-500 metros y K2-500 metros en la Copa del Mundo que se disputa dentro de diez días en la República Checa.

¿Y para los próximos Juegos? Siguiendo su línea, Marcus es muy cauto y prefiere valorarse y ponerse retos cada día sin mirar más allá: “Es imposible saber cómo estaré en tres años, pero a priori mi objetivo para Tokio 2020 será volver a luchar por estar en lo más alto del pódium”.

Además, podría ser en dos modalidades, K4-500 metros y K1-1000 metros. Sin embargo, no quiere asegurar. Prefiere competir. Para sorprenderse, para superarse. En su línea.