Orlando Ortega, una bala de plata

Orlando Ortega lloró de felicidad tras conquistar la medalla de plata en los 110 metros vallas. Era la materialización del sueño que persigue cualquier persona que abandona su tierra para buscar una vida mejor.  Su nombre ya está en la historia del atletismo español. 

En la víspera, su hermana le había pedido como regalo de cumpleaños que lograse una medalla de oro. Lo tenía difícil, porque Omar Mc Leod es, hoy por hoy, difícil de batir. Pero la plata lograda en los Juegos de Rio tiene el dulce sabor del oro. 

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Orlando Ortega lloró de emoción instantes después de cruzar la meta, buscó una bandera española, rechazó una cubana, encontró la de su país de adopción, se envolvió en ella, y ya no la soltó. Luego dio una vuelta completa al estadio en el que acababa de conseguir la primera medalla para el atletismo español desde el bronce de Joan Lino en 2004.

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(Foto: COE)

¿Qué se le pasó por la cabeza en esos maravillosos minutos en los que comenzó a paladear el sabor de la gloria? Probablemente pasó la película de su vida. Su decisión de no regresar a Cuba -"quería tener otros objetivos y otra ilusión"- después de participar en un Mundial, su vida en Madrid con su padre, la distancia que le separa de su madre y de su hermana (residentes en Estados Unidos) y de su familia en Artemisa, sus horas de dedicación al atletismo en la Blume, la incertidumbre sobre si podría competir o no representando a España, que le tuvo en vilo hasta solo unos días antes de iniciarse la competición... 

En el abrazo con su padre y entrenador liberó del todo todas sus emociones. Y se liberó. Un momento de felicidad infinita:

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(Foto: Jorge G. Amo)

En su segunda final olímpica -en Londres fue sexto representando a Cuba- salió mal de los tacos, pero a partir de la quinta valla lo dio todo. Corrió a muerte. Como le había dicho su padre. Solo cuando cruzó la línea de meta y se vio en los video marcadores supo que era medalla de plata. Después, el éxtasis.

Habían pasado poco más de 13 segundos desde el momento en que -en la línea de salida- se encomendó a su abuela y a su fe religiosa. Las buscó en el cielo carioca y en la medalla dorada con un cristo, un timón y un ancla, que luce en el pecho. 

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(Foto: COE)

Luego, ya casi medianoche en Rio, y aún con la bandera sobre los hombros, dijo a los periodistas que "no tiene límites". Que quiere bajar de 13 segundos, que quiere ganar la Liga de Diamante... Y con la autoridad que, de la noche a la mañana, le otorga ser subcampeón olímpico, aprovechó para decir que quiere ayudar a colocar su deporte al mismo nivel que el fútbol.

Desbordado por la emoción, no dejó de dar las gracias. A Dios, a su abuela, a Orlando padre, a la Federación, a su club. A España, a fin de cuentas, porque le había dado la oportunidad. La aprovechó. Había hecho realidad el sueño de cualquier emigrante: triunfar en el país que elige para vivir. Y lograr el reconocimiento público, que a buen seguro le llegará. En Madrid, en Ontinyent... Donde vaya. Su nombre ya es historia del atletismo español.

Se presenta un estimulante futuro a Orlando Ortega. Un ciclo olímpico con una edad y una experiencia idóneas, mucha menos presión de la que ha padecido estos tres años, y una estabilidad económica que ayudará a mejorar su calidad de vida.

Aunque comer una paella de carne es lo que más desea el segundo hombre más rápido de la tierra saltando vallas.