lunes 6/12/21
VIVENCIAS OLÍMPICAS

La medalla que me dio la vida

Su medalla de bronce fue la primera de las cuatro que España ha conseguido en boxeo, y la primera después de doce años (no hubo medallas ni en Tokio'64 ni en México'68). Enrique Rodríguez Cal resistió en competición mientras el resto de deportistas españoles caía eliminado, y logró un histórico metal que, según dice, le dio la vida. 

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En aquel momento, me conformaba simplemente con ser olímpico y representar a mi país en unos Juegos. Imagínate, un chaval de 21 años de Carreño. Fue un sueño subir en el avión con todos aquellos grandes deportistas. No pensaba en la medalla ni por asomo.

De Munich me sorprendió sobre todo ver gente de todo el mundo en la Villa, deportistas de todas las razas, tan diferentes, de todos los países. No estaba acostumbrado. También me sorprendió la costumbre de intercambiar las insignias.

Tuve la fortuna de conocer a gente que admiraba, como Johnny Weissmuller o al gran Abebe Bikila, dos veces ganador de la maratón, y que en Roma había corrido descalzo. Los conocí pero no hablé con ellos porque no hablo nada de inglés. También conocí a otros grandes deportistas como Nino Benvenuti.

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Recuerdo que todos los españoles fueron cayendo en diferentes deportes, y al final me quedé yo -que era el más bajito de la delegación- como la última opción de medalla. Fui ganando combates hasta que me tocó en suerte el cubano Rafael Carbonell, un gran boxeador, el favorito, y además de uno de los países más potentes del boxeo aficionado. 

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Ni yo ni mi entrenador pensábamos que fuera capaz de ganarle. Posiblemente aquel fue el mejor combate de mi vida. Una pelea muy igualada, que se resolvió con un 3-2 a mi favor.

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Después de tener los hijos, el momento más feliz de mi vida fue cuando me levantaron la mano como ganador del combate y por tanto de la medalla de bronce. No hay palabras, no hay nada que se pueda comparar con aquel momento.

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Pelé con un coreano, Ugil Kim, para la plata. No me gusta decir que me robaron el combate, porque a lo mejor otras veces los árbitros me favorecieron, pero creo que fui superior y que tenía que haber llegado a la final. Ahora, si hubiera llegado a la final, creo que habría perdido con György Gredo, el húngaro, que era un fenómeno.

Estoy agradecido al boxeo porque viajé muchísimo por todo el mundo. Pero si la gente piensa que viví de aquel bronce, y de otras medallas, está muy equivocado, porque con el boxeo no se gana un duro. Pero aquella medallina me dio la vida. Me dio un puesto de trabajo en Ensidesa, donde trabajé a turnos durante treinta y nueve años y pude alimentar a mi familia.

Por ser el único medallista español en Munich, la gente me quiere en Avilés. Cuando me ven por la calle me dicen: "¡Adiós Dacalín!" (por Dacal II, que era como me conocían), y eso me llena de orgullo.

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